Todas las personas vivimos de manera distinta y tenemos diferentes sentimientos y emociones hacia el dinero. Por eso las finanzas personales son eso: personales.

No hay consejos que funcionen para todos y lo que puede ser una gran opción para uno puede ser una alternativa que otra persona no debería ni siquiera considerar.

Por eso, los buenos asesores financieros primero deben buscar determinar con exactitud los objetivos de vida de sus clientes y entender sus valores más profundos. Sólo así se puede ofrecer una asesoría adecuada.

Si tu asesor no hace eso, no te escucha antes de hablar o recomendar algún producto, es hora de buscar un cambio.

Aunque las decisiones de inversión son únicas y muy personales, existen algunas reglas básicas que pueden aplicarse en distintas situaciones, por ejemplo:

1 Para tener liquidez en caso de tener una emergencia, todas las personas deberían tener una reserva o fondo para contingencias en instrumentos de alta liquidez y mucha seguridad. Aquí el rendimiento es importante, pero no tanto, primero está la liquidez, ya que es dinero que podríamos necesitar en cualquier momento independientemente de la etapa de vida en la que estemos.

2 En inversiones con un horizonte de largo plazo (más de 10 años) conviene tener por lo menos una pequeña porción (por lo menos la décima parte de nuestro portafolio) en inversiones en empresas (acciones). Cuando se tiene este horizonte, este tipo de inversiones protegen a nuestro portafolio del fenómeno inflacionario y lo hacen crecer a un ritmo más acelerado.

3 Toda persona debe monitorear de forma constante el desempeño de sus inversiones y efectuar cambios cuando sea necesario. En estrategias de largo plazo, si el precio de una acción o el índice inflacionario bajan, no es una razón para vender. Sí lo es, en cambio, el hecho de que las variables que nos hicieron elegir esa inversión hayan sufrido modificaciones que nos permitan determinar que es mejor no tener más ese instrumento en nuestro portafolio.

LAS FORMAS DE INVERTIR TAMBIÉN MADURAN CON EL PASO DEL TIEMPO

No es lo mismo estar iniciando nuestra vida laboral que estar al borde de nuestro retiro. No tenemos las mismas necesidades cuando estamos disfrutando nuestra juventud que cuando nos casamos.

Por lo tanto, la etapa de vida en la cual nos encontramos y las necesidades que surgen en ella determinan en gran medida la forma como debemos invertir nuestro dinero.

Pensemos, por ejemplo, que vamos a tener a nuestro primer hijo. La vida nos cambiará radicalmente y esto implica reasignar nuestro presupuesto hacia los gastos adicionales que implica el pequeño: pañales, biberones, ropa, vacunas, alimentos, fórmulas, carreola, pediatra, bambineto, etcétera.

Pero no sólo eso, en un mediano plazo el niño comenzará a ir a la escuela y más a futuro -esperemos- irá a la universidad.

Para muchos padres, entonces, es posible que en ese momento les surja una nueva meta en la vida: el garantizar que, llegado el momento, tengan los fondos suficientes para poder pagarle una carrera universitaria.

Esto se puede lograr de muchas formas: desde la contratación de un seguro para la educación hasta la formulación de un plan de ahorro específico para tal efecto, en el que el pequeño tenga garantizada una buena educación.

Por otro lado, simultáneamente puede darse una oportunidad para comprar un departamento y dejar de pagar la pesada renta.

¿Podremos cumplir con ambos compromisos sin dejar de lado nuestro ahorro para el retiro? ¿De qué forma modificará esa decisión nuestro nivel de vida? O bien, ¿tendremos que posponer una de esas metas para una etapa posterior?

Ése es el tipo de decisiones que las distintas etapas de nuestra vida nos obligan a tomar y que influyen en la forma como invertimos nuestros recursos.

Seguiremos hablando de esto en la columna del próximo jueves.

Te invito a que me envíes tus preguntas, dudas y comentarios a través de mi página en Internet: www.planeatusfinanzas.com

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