Cuando era niño, escuchaba a mi padre decir que en México no había una cultura de conservación. En aquellos tiempos no entendía mucho a qué se refería, ya que cuidar lo que tenemos me parece cotidiano. De alguna manera, trivial. Pero eso no significa que no sea importante, ya que para mí era un asunto de todos los días.

Más adelante lo pude comprender: es increíble la cantidad de personas que no le dan mantenimiento adecuado a los bienes que con tanto esfuerzo han logrado obtener. Muchos de estos bienes son costosos, por ejemplo: el automóvil, la lavadora de ropa, etcétera.

En otros casos la falta de mantenimiento puede dañar la salud de la familia, es el caso del filtro de agua del refrigerador. Y aún así, son pocas las personas que lo cambian de acuerdo con las recomendaciones del fabricante.

La vida útil ?de nuestros bienes

Como todos sabemos, la gran mayoría de los productos que consumimos tienen una vida útil determinada. Claro, ya no los hacen como antes (antes estaban diseñados para durar toda la vida) pero aun así muchos son de consumo duradero.

Sin embargo, esta vida útil depende directamente de cómo los tratamos (el uso que les damos) así como el mantenimiento que les damos.

Por ejemplo: un automóvil con un uso medio puede durar más de 10 años en óptimas condiciones, si se le da un mantenimiento constante. Sin embargo, si nunca lo llevamos a servicio, no llegará a los cuatro años sin que requiera una reparación mayor.

Cuidar lo que tenemos es, como decía mi padre, toda una cultura. Desafortunadamente en México es frecuente ver, en todos los sectores de la población, incluso en los más favorecidos, reparaciones provisionales, parches o trabajos con piezas de mala calidad, que en ocasiones lo único que logran es ocultar el daño o postergarlo, en lugar de arreglarlo de manera efectiva.

Esto, más que incrementar la vida útil de nuestros bienes, prolonga su agonía, además de crear peligros potenciales que antes no existían.

Quiero ilustrar esto con un ejemplo, con el fin de que podamos darnos cuenta de la magnitud de los problemas que se nos pueden causar por una mala cultura de la conservación:

En un edificio, el conserje se dio cuenta de que la conexión que unía el tanque de gas estacionario con su tubería estaba floja. Trató de unirla con su herramienta, cuando una de las cintas metálicas que los unen se rompió. Usó entonces un pedazo de cinta adhesiva que tenía consigo.

Ese remiendo no duró más que unos cuantos días; cuando la intemperie y el peso de la tubería hicieron que se zafara, la fuga de gas fue mayúscula y la explosión que se tuvo como consecuencia, trágica. Si el tanque de gas hubiese tenido un mantenimiento adecuado y revisiones periódicas, la tragedia no habría venido. Sin embargo, el hubiera no existe en nuestro mundo.

A pesar de este ejemplo, lo que nos debe preocupar, más que lo que pudiera suceder, es la adecuada conservación de lo que tenemos, por el simple hecho de que nos costó mucho trabajo adquirir esos bienes (los de consumo duradero son los de más alto costo). Por lo tanto, nos debería interesar que nos duren mucho tiempo, por lo menos su vida útil completa, en óptimas condiciones.

Un tema de costos que debe verse en términos relativos

Sé que mucho de esto se da por tema de costos: queremos ahorrarnos unos pesos pero no sólo nosotros, sino el taller que efectúa la reparación (para poder dar precios competitivos). Es decir: se da en toda la cadena. Y eso hace realmente difícil poder encontrar un lugar donde podamos obtener la calidad que requerimos – y si lo logramos, seguramente los precios no serán los mejores. No es malo cuidar los costos, pero nunca debemos verlos de manera absoluta. Lo que debemos cuidar y optimizar, en todo momento, es la relación costo-beneficio.

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