En la última década, el monto total de los préstamos concedidos mediante tarjetas de crédito por los bancos en México ha crecido a una tasa promedio de más de 20% anual. Ello, pese a una sensible caída de esta cartera entre el 2008 y el 2009.

El crecimiento de los niveles de endeudamiento es reflejo del hecho de que una parte importante de la misma ha visto crecer su deuda principalmente en crédito directo al consumo.

Este tipo de deuda presenta muchos riesgos en su manejo, porque es de relativa fácil contratación, implica compras de bajo nivel y no necesariamente meditadas y, por lo general, no está asociada a la creación de una riqueza patrimonial, como la que se contrae al comprar una casa o un vehículo, por ejemplo.

Asociado a este tipo de endeudamiento es frecuente conocer casos en los que el uso inadecuado del crédito daña la estructura e historia financiera de las personas y las familias.

Se piensa que estas crisis financieras personales están con frecuencia vinculadas a la aparición de shocks económicos coyunturales, como enfermedades o pérdida de empleo. Esta visión supone que dependiendo de las condiciones de ingreso y de patrimonio de las personas, éstas son más o menos capaces de enfrentar esos desequilibrios coyunturales.

Pues ello no necesariamente es así; un estudio auspiciado por la Federal Reserve Bank of Boston demostró que existe un fenómeno que vincula el nivel de impaciencia de las personas con la forma en que contratan y manejan su crédito y que ese manejo inadecuado es el que está en la base de los problemas financieros reales, aunque el detonador de visibilidad de los mismos sea una coyuntura financiera.

El nivel de impaciencia de las personas impacta en varios niveles: primero, afecta directamente el tipo de deuda que se contrata, porque provoca que las personas hagan uso de la deuda que primero se les presenta, sin medir el costo asociado o la vinculación de ese crédito con sus necesidades reales de deuda.

Afecta además el hecho de que la impaciencia provoca que los patrones de compra sean menos racionales y ello implica que con frecuencia se exceda la capacidad de endeudamiento. Si es impaciente es más probable que se realicen compras de impulso y en caliente.

La impaciencia genera además, de acuerdo con este estudio, una inhabilidad para dar un adecuado servicio a la deuda. Las personas con mayores niveles de impaciencia son menos capaces de tomar decisiones de cómo abonar adecuadamente a la deuda para acelerar su finiquito y evitar pagos mayores de rendimiento o por cargos moratorios.

El estudio demostró que existe una asociación entre los niveles de impaciencia y la tendencia a entrar en moratoria del pago de una deuda contraída con la afectación del historial crediticio.

¿Cómo contrarrestar los efectos de esta personalidad?

Esto implica que si somos impacientes estamos condenados irremediablemente a la ruina financiera? No necesariamente. Piensen que es como si de jóvenes en un examen genético nos detectan una propensión a los niveles altos de colesterol o de triglicéridos, ello no implica que simplemente nos hagamos a la idea de morir a edad temprana de un infarto.

Si conozco los riesgos asociados a mi genética, puedo tomar las decisiones de hábitos y de alimentación que ayuden a disminuir los riesgos asociados a mi condición.

Igual ocurre con estos factores de personalidad. Simplemente deberé conscientemente ajustar mi conducta y mis hábitos para disminuir el riesgo de que mi condición de impaciencia acabe por destruir mi estabilidad financiera.

Por supuesto, ésta es además una prueba de que debemos además enseñar desde niños a nuestros hijos la virtud de la paciencia para enfrentar los problemas de la vida cotidiana.

Tal vez educando hoy a nuestros hijos en esta virtud, estemos evitando en el futuro su inclusión en el Buró de Crédito.

*El autor es politólogo, mercadólogo y especialista en Economía Conductual. Es Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.