Uno de los sesgos de decisión que describe la economía conductual es conocido como Efecto Semmelweis. Es llamado así como resultado del tratamiento que recibieron en su momento los hallazgos de los estudios del científico húngaro Ignacio Semmelweis a mediados del siglo XIX, quien al investigar las causas que provocaban la muerte de mujeres al dar a luz por la llamada fiebre puerperal, concluyó que se debían en gran medida a que los médicos no se lavaban adecuadamente las manos antes de tratar un parto. Sus conclusiones, que probarían ser completamente ciertas, fueron rechazadas por muchos años por la comunidad médica y Semmelweis fue orillado casi al retiro.

Por ello, este sesgo se refiere a la tendencia de las personas a rechazar cualquier nuevo conocimiento, evidencia o argumento que contradiga su conjunto fundamental de creencias o principios. Las desechamos de inmediato sin importar que tan sólidas sean, pues sólo ponemos atención y concedemos credibilidad a aquello que ratifica lo que de antemano ya creemos.

En temas económicos y financieros esta conducta es evidente, particularmente cuando en entornos volátiles o cambiantes se presentan nuevos planteamientos o ideas que contradicen lo que hasta la fecha hemos creído. Al negarnos a aceptarlo, la consecuencia es que, por ejemplo, un potencial efecto negativo será mayor, porque nos negamos a creer que era necesario tomar medidas para prevenirlo o enfrentarlo.

La crisis hipotecaria de EU y la incredulidad que existía respecto de que fueran a quebrar las grandes instituciones financieras, porque eran demasiado grandes para fallar (to big to fail), provocó que el impacto de las caídas fuera mayor para muchos inversionistas.

Esta conducta se presenta en toda la actividad humana y en México es suficiente con ver hoy las discusiones en redes sociales sobre temas como el electoral, para percibir cómo, quienes ya creen algo (de uno u otro lado) no conceden ningún mérito a cualquier argumento que lo contradiga.

La relevancia de este sesgo no es solo financiero, sino que está en la esencia misma de la evolución de las sociedades y del conocimiento.

Todos los grandes cuerpos de conocimiento que hasta el siglo pasado eran inmutables hoy están sujetos a discusión. Entonces, si muchas de las teorías sobre el origen y evolución del universo muestran estar total o parcialmente equivocadas en la actualidad, ¿no deberíamos conceder la posibilidad de que también tengan una importante dosis de error nuestros conocimientos y creencias sobre temas económicos y financieros (por no hablar de los políticos o sociales)?

Habrá quien piense que ésta es una discusión filosófica más que práctica, pero no es así. Lo que nos permite enfrentar como especie e individualmente los retos continuos es nuestra capacidad de cambiar los paradigmas que rigen nuestra vida.

Ello no quiere decir desechar siempre y por defecto lo que nos dicta la experiencia o el sentido común. Se trata de mantener una visión amplia que nos aleje de los riesgos de no conceder relevancia a los peligros u oportunidades que hoy son contrarios a nuestras creencias básicas.

¿Qué podemos hacer?

Eliminar o disminuir este sesgo no es sencillo, porque implica cuestionar lo que creemos y en ocasiones incluso quiénes somos. Pero los entornos cada vez más cambiantes y complejos nos obligan a tratar por lo menos de intentarlo.

Nada alimenta más cualquier aspecto de la vida que un sano cuestionamiento de la validez de lo que creemos. Si viera desde fuera mi opinión o mi posición, ¿opinaría lo mismo? Los argumentos en los que no creo, ¿son inválidos porque carecen de evidencia o porque no encajan en mis creencias? Y en sentido contrario, ¿mis creencias están respaldadas por evidencia y lógica o son casi un acto de fe?

Lo que además podemos hacer es inculcar a nuestros hijos la noción de que ningún conocimiento es absoluto e inmutable, que las creencias deben ser respaldadas por evidencia y lógica, que deben cuestionar para poder avanzar y que deben someter a la prueba de la corroboración todo aquello que sea relevante para su vida, incluyendo por supuesto las decisiones económicas y financieras que tendrán impacto en su futuro.?

*El autor es Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.