La inflación es un fenómeno económico que desgraciadamente se ha vivido de manera dramática en nuestro país desde hace más de 40 años. Sus efectos han sido muchos y muy fuertes, siendo el más grave la drástica caída en el poder adquisitivo de nuestra moneda, reduciendo los salarios reales y el nivel de vida de una gran cantidad de familias.

La inflación en este sentido, sin duda alguna, es una máquina generadora de pobreza.

Es precisamente por sus efectos tan negativos que nos hemos acostumbrado a verla como la causa de muchos de nuestros problemas. Sin embargo, en realidad es una consecuencia de los desequilibrios ocasionados por las políticas económicas impulsadas por los gobiernos y avaladas por los sectores más poderosos de nuestra sociedad.

El fenómeno de la inflación es de naturaleza muy compleja e involucra una gran cantidad de variables económicas.

Por ello, no nos proponemos hacer una tesis detallada de sus orígenes y de sus efectos, sino una breve explicación que les permita a nuestros lectores entender de manera general este problema, así como los elementos que están a nuestro alcance para contrarrestarlo.

De manera concisa, la inflación consiste en el alza generalizada de los precios de los distintos bienes y servicios en la economía. Esta alza se produce, principalmente, por un crecimiento mayor del dinero que sirve como medio de pago, en relación con los bienes y servicios que lo respaldan.

Para explicarlo de manera muy sencilla, supongamos que en una economía -en un país- existen solamente dos individuos, cada uno de los cuales tiene un peso. Supongamos además que uno de ellos produce un litro de leche al día y el otro produce una manzana al día. Y también que cada uno necesita consumir lo que el otro produce para sobrevivir.

Es claro, entonces, que para que cada uno de ellos pueda comprar el producto del otro, el precio de los productos no debería ser superior a 1 peso.

De hecho, en condiciones de equilibrio, al no ser necesarios ni el ahorro ni la inversión, el precio de cada uno de ellos sería exactamente un peso.

De esta forma, diariamente habría un intercambio perfecto de bienes y de pesos. Cada uno vendería su producto a cambio de 1 peso y compraría el producto del otro a cambio de 1 peso.

Ahora supongamos que se emiten, en dicha economía, otros 2 pesos, de modo que cada quien tendrá 2 pesos en lugar de 1.

Es claro entonces que, para mantener el equilibrio, el precio de cada uno de los bienes que se producen tendría que subir al mismo tiempo, ya que si uno de los individuos incrementa su precio y el otro no, a este último no le alcanzará con lo que obtenga de su venta para comprar el producto del primero.

Obviamente esta visión es demasiado simplista, pero sirve para nuestro propósito de ilustrar lo que sucede en el mundo en general.

Es importante indicar que los desequilibrios entre el circulante y los productos y servicios que lo respaldan, se pueden producir de muchas y muy variadas formas, por lo que en ocasiones, el fenómeno es muy difícil de controlar.

Una de estas causas tiene que ver con la confianza que los individuos tienen hacia las autoridades financieras del país y al modo como éstas manejan nuestra economía.

Es decir, si existe desconfianza y se espera un incremento de los precios, muy seguramente lo habrá. Por el contrario, si existe gran confianza, seguramente habrá estabilidad.

La inflación no es un fenómeno exclusivo de los países en desarrollo.

También se ha presentado en países con alto crecimiento económico o países en recesión.

Sin embargo, en cualquier caso, se debe tener en mente que, cuando no está controlada, representa un factor negativo que dificulta la planeación de las finanzas personales y de los negocios, lo que repercute en el desarrollo de la economía en general.

Además, la experiencia internacional ha demostrado que no puede haber crecimiento sostenido en una economía cuando no está controlada la inflación y los desequilibrios que la causan.

En la siguiente entrega hablaremos acerca de cómo podemos protegernos de sus efectos.

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