Cada plan financiero debe ser único y debe tomar en cuenta nuestra situación actual, nuestras necesidades y, desde luego, nuestra escala de valores.

Pero existen algunos lineamientos generales que nos permitirán saber si vamos por el camino correcto y si ese plan que hemos trazado verdaderamente puede funcionar. A continuación completamos la lista que iniciamos en nuestra columna anterior:

3. ¿Nuestro asesor financiero conoce nuestras metas? ¿Sabe para qué utilizaremos el dinero que invertimos? ¿Conoce nuestro perfil de riesgo? Dice Carlos Armida en sus libros que cuando le pregunta a un inversionista para qué quiere el dinero que está invirtiendo (para qué lo utilizará), casi ninguno sabe responder concretamente. Entonces, ¿cómo un asesor patrimonial puede asesorar debidamente a sus clientes?

Lamentablemente, en México hay muy pocos asesores financieros o patrimoniales de verdad. Muchos de los que tienen ese título no son más que promotores a los que su casa de bolsa les paga una comisión por cada operación que realicen la sus clientes.

Otros son vendedores de fondos de inversión que ni siquiera conocen el funcionamiento de estos productos, a pesar de que pasaron su exámenes ante la CNBV.

Cuando una persona no se siente capaz de determinar por sí misma el tipo de inversión que le conviene, debe preguntar sin demora a quien le atienda en su institución financiera.

Debe asegurarse, además, de recibir la asesoría correcta. Una buena asesoría no se puede brindar si no se conocen las necesidades, metas financieras y perfil de riesgo de los individuos. Si nuestro ejecutivo no nos lo pregunta, podemos estar seguros de que la asesoría que nos da no es la adecuada.

4. ¿Nuestro plan financiero toma en cuenta nuestras necesidades de protección? La protección del patrimonio es un aspecto fundamental de nuestras finanzas personales y que muchas veces olvidamos incluir.

Existen dos maneras de proteger nuestro patrimonio ante los distintos riesgos que podrían afectarlo:

a) El fondo para emergencias, el cual se utiliza para aquellos riesgos que no podemos transferir. Por ejemplo: si perdemos nuestro empleo, un buen colchón es fundamental.

Pero puede suceder que tengamos que hacer reparaciones de emergencia a la casa, o sencillamente pagar el deducible de nuestro seguro de auto.

Vale la pena recordar, sin embargo, qué gastos anuales recurrentes (por ejemplo: el Predial o la inscripción de los niños a la escuela) no son emergencias y se pueden planear.

b) Seguros para aquellos eventos que podrían resultar catastróficos. Debemos recordar que un seguro es para cosas grandes, que no podemos controlar y que pueden afectarnos seriamente.

No olvidemos que hacer un testamento también es una forma de proteger nuestro patrimonio, y sobre todo, a nuestros seres queridos.

5. ¿Solemos revaluar periódicamente nuestro plan? Todo plan financiero cambia y crece con el individuo. Es importante, por lo tanto, tener una revisión del mismo al menos cada año, y cada vez que exista un cambio significativo en nuestra vida que pueda afectar dicho plan.

En el caso de las inversiones, éstas deben ser monitoreadas por lo menos una vez cada trimestre, idealmente en conjunto con nuestro asesor financiero.

Por otro lado, nuestras necesidades de protección deben ser estudiadas nuevamente cada vez que nuestra vida registre cambios importantes, por ejemplo: un divorcio. Además debemos hacer una revisión integral de nuestras pólizas una vez al año, para hacer los cambios que consideremos necesarios.

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