Las personas tomamos decisiones a cada minuto y todos los días. A veces son simples y muchas veces, automáticas; tomamos decisiones que creemos informadas y sobre cuestiones que creemos conocer, así como sobre temas económicos y financieros de alto impacto para nuestro presente y futuro.

En todos los casos, estas decisiones pueden ser potencialmente afectadas por una serie de procesos inherentes a la conducta humana que hacen que con frecuencia estén equivocadas.

Es así que muchas veces evaluamos nuestras decisiones en función de la calificación que damos al resultado: positivo o negativo.

En un estudio realizado para el National Bureau of Economic Research en el 2011, los investigadores Lefgren, Platt y Price, identificaron un sesgo que nos lleva a no evaluar adecuadamente el resultado de nuestras decisiones y, consecuentemente, nos orilla a cometer o repetir errores.

Este sesgo, conocido como sesgo de resultado, se deriva del hecho de que las personas tendemos a evaluar diferentemente las decisiones que percibimos con resultados negativos que aquellas que pensamos que tuvieron resultados favorables; incluso, estas últimas, rara vez son evaluadas, pues pensamos que el resultado favorable (o el que percibimos como tal) es prueba suficiente de que fueron correctas.

A medida que el problema se hace más complejo, la cantidad de factores que pueden participar crece y las interacciones entre los mismos generan mayor incertidumbre sobre el resultado.

A ello hay que agregar que, en temas complejos, generalmente el plazo para conocer el resultado es largo; ello nos impide ver con claridad el resultado global, y con frecuencia juzgamos con base en los efectos parciales de corto plazo que vamos observando.

Así, el que puede parecer un resultado favorable puede no serlo más adelante. Los entrenadores de futbol americano, por ejemplo, estadísticamente tienden a modificar su estrategia sólo si pierden el partido previo. Existe de fondo la suposición de que ganar significa que la estrategia era correcta y que perder implica que se falló porque la estrategia era mala. Ello deja de lado los casos, por ejemplo, en que se gane porque el rival tuvo fallas importantes o que se pierda porque existe un conjunto de factores que incidieron en negativamente en una estrategia que sí era adecuada.

Ello los lleva a cambiar estrategias que sí estaban funcionando o a repetir algunas que no son ni serán por sí mismas exitosas.

En términos económicos

El sesgo de resultado es muy frecuente en las decisiones de inversión, ya que normalmente sólo las evaluamos con el efecto que percibimos en el corto plazo. Si el resultado es poco favorable, somos más proclives a cambiar nuestra estrategia de inversión, mientras que si el resultado es coyunturalmente bueno, existe una tendencia a mantener la estrategia.

Pese a que podemos establecer horizontes ideales para la inversión y que éstos sean de largo plazo, tendemos a reaccionar a los resultados negativos del corto plazo. Pero un resultado poco favorable en el corto plazo no necesariamente significa que la estrategia global esté equivocada.

Adicionalmente, en mercados inciertos y extraordinariamente volátiles como los que hoy enfrentamos, es frecuente que los resultados de una decisión sean afectados por múltiples factores concurrentes que afectan positiva o negativamente el resultado. Para mejorar nuestra toma de decisiones podemos empezar por evaluarlas todas permanentemente y con frecuencia, no sólo aquellas en las que percibimos que el resultado fue negativo.

Debemos evaluar la decisión y su contexto: si falló o sirvió la decisión o si hubieron factores de entorno que fueron determinantes para el resultado.

Es necesario tener parámetros de evaluación: cada cuánto debo medir mi decisión, contra qué y qué indicadores me deben mandar una alerta para revisar mi estrategia o decisión. Estos sencillos y a la vez complejos pasos, nos servirán para una tener una mejor evaluación de nuestras decisiones financieras.

El autor es politólogo, mercadólogo y especialista en economía conductual. Es Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.