Casi todos coincidimos en que la forma en la que educamos a nuestros hijos determina su conducta futura. En temas relativos a la forma de gasto o de previsión, ello no es la excepción. Pero ¿existe evidencia concreta al respecto? Y de ser así, ¿qué características debe tener esa educación?

En conclusiones presentadas por investigadores ingleses durante un simposio de economía conductual en el 2006 en Noruega, se detalló cómo la información de diversos estudios realizados en múltiples países con niños y jóvenes apunta a que efectivamente existe un efecto directo entre los estilos de educación de los padres y las preferencias de gasto, la capacidad para controlar los impulsos de compra y los planes de educación que desarrollan los jóvenes hacia la edad adulta.

La evidencia demuestra, sin embargo, que no basta con que la educación de los padres hable de las bondades de postergar la satisfacción y controlar los impulsos de compra, sino que es necesario un refuerzo autoritario por parte de los padres que asegure que dichos patrones efectivamente se ejerzan y practiquen, de forma impuesta, durante la infancia y adolescencia de las personas.

Esta visión puede ser considerada políticamente incorrecta en algunos círculos pedagógicos, pero es real. Los niños carecen inicialmente de una capacidad de poder identificar y valorar adecuadamente la gratificación posterior y ello los lleva buscar beneficios inmediatos. Sin un cambio de su conducta, ése será esencialmente el patrón que rija su vida adulta.

Por ello, pedirle a un niño o a un adolescente que él solo (por su propia voluntad) guarde parte de su domingo para tener un beneficio posterior, es en la mayoría de los casos un ejercicio destinado al fracaso.

Hace algunas semanas hablé de la conveniencia de establecer mecanismos de ahorro familiar que apoyen la cultura de previsión de los hijos, pero este tipo de ejercicios deben ser impuestos para que efectivamente se realicen y que con base en una repetición sostenida de esa conducta, se termine por provocar un hábito.

SE REQUIERE UN ESFUERZO AUTORITARIO

Al referirme a un refuerzo autoritario de ninguna manera estoy hablando de una educación basada en el castigo, sino al hecho de que ciertas medidas se adopten sin margen de libertad para aceptarlas o rechazarlas por parte de los hijos.

Como padres tendemos a pensar que el refuerzo autoritario es únicamente válido en ciertos temas, pero pensamos que otros podemos dejarlos sujetos a una mayor libertad de los hijos.

La realidad es que en ciertos aspectos de su formación, por distantes, no les vemos una relevancia educativa a corto plazo y por ello no los reforzamos adecuadamente.

Podemos ser muy autoritarios si se trata de la perspectiva de que hoy beba nuestro hijo menor de edad, pero no lo somos tanto cuando pensamos en otros temas como aquellos que tendrán un impacto definitivo en la forma en que enfrentarán su vida económicamente hablando en el futuro.

Seguramente, la probabilidad de que nuestro hijo beba descontroladamente en el futuro nos aterra, pero igual debería preocuparnos el que crezca siendo una persona que no sabe organizar sus finanzas, los recursos que obtienen por su trabajo ni prever razonablemente las necesidades de su vida como adulto y la de su familia.

La dura conclusión de estos estudios es que los padres permisivos de hoy generan adultos con poca capacidad de planeación financiera. Ésos son los resultados.

En un sentido sumamente pragmático, un hijo sin capacidad para generar una estabilidad económica futura será una carga económica prolongada para sus padres.

Por supuesto, además de la evidente angustia que en el futuro nos depare ver a nuestros hijos como personas incapaces de enfrentar sus responsabilidades económicas personales y las asociadas a nuestros futuros nietos.

*El autor es politólogo, mercadólogo y especialista en Economía Conductual. Es Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.