Agustín Salazar dejó su familia en la ciudad de México en el otoño del 2005 para buscar trabajo y estabilidad en la que era una apacible ciudad, sin imaginar los tropiezos y alegrías que quedarían indelebles en su vida, tras tomar tal decisión.

A las afueras de este lugar, se encuentra el famoso monumento de Cristo Rey, el cual visitan miles de turistas al año, y un complejo febril para producir camionetas, motores y transmisiones de General Motors, la mayor fuente de empleo de los más de 150,000 habitantes.

Salazar no había tenido problemas en emplearse, porque maneja con destreza vehículos pesados, lo que le permitió trabajar como trailero por una década, recorriendo de punta a punta el país, lo mismo transportando chatarra y láminas, que varilla y ladrillos.

Pero sus caminos traqueteados tomaron un nuevo rumbo tras ser asaltado en noviembre del 2000 y luego nuevamente en enero del 2001. Forzado, cambió su puesto por el de conductor de una pipa que repartía agua en Nezahualcóyotl, Estado de México, en el que si bien percibía un menor salario, no se alejaba tanto de su hogar.

Aún con la sangre caliente, un instante después de haber sido asaltado por tercera vez, ahora conduciendo la pipa, dijo que de su boca salieron con rabia dos palabras: ¡Ya basta! . Dio las gracias a su patrón, agarró algunas cosas personales y se vino solo a Silao.

La suerte le sonrió pronto, cuando fue contratado para conducir un autobús de la empresa Transportes Especializados, la cual le provee a General Motors el servicio de transporte para los trabajadores.

Con su nuevo salario, de 2,100 pesos a la semana, más una pensión de 2,000 pesos mensuales, pudo rentar una casa y traer a su esposa Concepción González y sus tres hijos, Hugo (de 18 años), Nancy (19) y Dayan (25).

Con el motor apagado

Cuando le dieron la noticia de que Transportes Especializados ya no había renovado contrato con GM, que el autobús pararía por algún tiempo y que él estaría sin percibir sueldo, sintió una extraña pesadumbre por primera vez.

Había una luz de esperanza a lo lejos, porque su patrón El Ingeniero José , les dejó los teléfonos celulares de la empresa para comunicarles el regreso a su trabajo, cuando la situación cambiara.

Sin la cultura del ahorro, Salazar no encontró por ningún lado empleo estable.

Según él, hizo tanto como pudo en pequeñas ocupaciones. Pintó una casa, reparó licuadoras y planchas y arregló bicicletas en el poblado de La Aldea.

Más no era suficiente. Cuando no tenía ni para comer, llegó a caminar por las parcelas a las orillas de la ciudad y pedir a los agricultores que le regalaran algo para llevar a la mesa de su familia.

Algunos rancheros que comprendían su situación le llegaron a decir: Nomás (sic) córtale ahí, tú sabrás lo que te quieras llevar . En algunos cultivos, él tomaba jitomates; en otros, chiles o cebollas.

Desde su propio ángulo, no lo contrataban por su edad, 49 años, porque no había vacantes o porque los chilangos tienen mala imagen en la provincia. Pasé por la peor racha familiar , dijo con desaliento.

¡Bendito sea Dios que no se enfermó nadie! .

En medio de la recesión

Mientras tanto, al igual que él, General Motors trataba de salir avante tras haberse declarado en quiebra en el 2009 y enfrentar una reestructuración.

No era fácil para la automotriz estadounidense enfrentar el peor desplome de sus ventas en toda su historia, desde su fundación en 1908, en Detroit, Michigan, Estados Unidos. Y la planta de Silao tenía frente a sí una pendiente particularmente complicada, si se considera que se ensamblan ahí cinco camionetas difíciles de vender en medio de la crisis: la Chevrolet Avalanche, la Silverado Crew Cab, la Cadillac Escalade EXT, la GMC Sierra Crew Cab y la Cheyenne Crew Cab.

Uno de los amargos episodios por los que pasó la empresa ocurrió el 2 de junio del 2009, cuando General Motors (GM) presentó ante un tribunal de Nueva York la solicitud para acogerse al capítulo 11 de la Ley de Quiebras de Estados Unidos.

Aquel día, sus acciones en la Bolsa de Nueva York llegaron a oscilar entre un nivel mínimo de 0.49 y un máximo de 1.01 dólares, cuando en abril del 2000 llegó a los 90.11 dólares por título.

Para entonces, la situación era agobiante no sólo para Salazar y la General Motors, también para Silao.

Tras la declaración de bancarrota de GM, el gobierno de Estados Unidos se hizo con 60% de las acciones de la empresa para evitar su quiebra, y pretende volver a privatizar la compañía cuando se haya recuperado de la crisis. Por ahora, en lo que va del 2010, sus ventas comenzaron a recuperarse en sus principales mercados.

De nuevo en la ruta

Un día, en febrero del 2010, el rostro de Salazar mostró una sonrisa repentina tras oír sonar su celular y escuchar a su patrón José decirle que lo quería de vuelta para el mismo servicio en la planta de General Motors, aunque también haría rutas para otras empresas.

Desde entonces, calienta el motor a las 4 de la mañana, frente a su casa, para dar una hora después la primera de las cuatro vueltas de su día laboral.

Sentado tras el volante de su autobús blanco, Salazar evocó lo que sintió cuando fue recontratado: ¿Se imagina?. ¡Se siente una alegría canija! .

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