Si bien antes se pensaba que el destino de los países dependía de su geografía –es decir, que solo aquellas naciones que contaban con recursos naturales o con acceso al mar podrían triunfar económicamente–, esa idea ha quedado en el pasado. Ahora, la inversión en infraestructura y la competitividad también demuestran que con ellas se puede forjar el destino de los países de una manera sobresaliente.

A lo largo de la historia, la infraestructura ha sido fundamental para la transformación económica y de bienestar de los países. Algunas de las naciones más prósperas actualmente son aquellas que hace 20 o 30 años decidieron invertir en diversas obras y servicios para apalancar el desarrollo económico.  

Hace 50 años, Corea, Taiwán o China, por ejemplo, eran países relativamente pobres comparados con algunos de Latinoamérica, pero invirtieron para elevar su competitividad, y hoy, son de las naciones más fuertes económicamente.

Ahora bien, construir no es suficiente. México y el mundo están llenos de obras inconclusas y elefantes blancos que, cada uno en su momento, han respondido a voluntades políticas y no técnicas, y eso no conduce a ningún lugar. Lo verdaderamente importante de la infraestructura, dicho en otras palabras, no son los “ladrillos”, sino los servicios que proporciona.

Por lo tanto, es fundamental contar con una estrategia y proyectos que nos acerquen a nuestros objetivos, y para ello es necesario saber con claridad a dónde queremos llegar y qué tipo de país queremos ser en los próximos 50 años.

La pandemia de COVID-19 ha sido como un espejo, en el cual vimos reflejadas nuestras carencias y defectos. En el caso del sector salud, hubo necesidad de incrementar la capacidad de manera rápida, así como de trabajar de la mano con el sector privado. También fue evidente que las personas que pasaron más tiempo en casa tuvieron que consumir mayor cantidad de electricidad y contar con dispositivos tecnológicos adecuados.

Y más aún: los países que mejor manejaron la contingencia sanitaria lo hicieron, en parte, gracias a infraestructura moderna (apalancada en tecnología). A partir de ello, se podrán tener ciudades inteligentes, con sensores de temperatura para identificar casos de COVID-19, inteligencia predictiva que evite saturaciones, mediciones en tiempo real de camas, georreferenciación de puntos de contagio y otras soluciones smart.

Impulsar proyectos, sin endeudarse

La recuperación económica debe apalancarse en un programa agresivo de inversión en infraestructura, ya que, según diversos estudios, el retorno que esto genera es por alrededor de 4 veces la inversión inicial. Además, se alienta la competitividad.

Aun en el contexto actual, hay proyectos que pueden impulsarse relativamente pronto con el objetivo de fomentar el crecimiento:

  • Reciclaje de activos. A nivel federal y estatal, existen activos subutilizados que son propiedad del gobierno, como algunos edificios, los cuales podrían ser reconvertidos (a cambio de una contraprestación) para fines turísticos y/o inmobiliarios.  
  • Desdoblamiento de concesiones. Consiste en extender la “vida” de las concesiones que estén próximas a vencerse, a cambio de una contraprestación que podría servir para otros proyectos de inversión.
  • Eficiencia energética y generación distribuida. Muchas instalaciones públicas (oficinas, deportivos, hospitales, sistemas de agua) tienen consumos energéticos elevados y tecnología obsoleta o ineficiente. Estructurar proyectos para ahorrar energía y financiar proyectos ayuda a atraer inversiones. Asimismo, promover la generación en sitio contribuiría a reducir los gastos energéticos. 
  • Apoyo de instituciones multilaterales. Las instituciones como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD) y la Sociedad Alemana de Cooperación Internacional (GIZ) no solo aportan su conocimiento, sino que pueden donar estudios y proporcionar financiamiento.
  • Propuestas no solicitadas. En este esquema, el privado propone proyectos de inversión al sector público, que pueden derivar en una licitación y/o adjudicación. Aprovechar la inteligencia colectiva que tiene el sector privado, para identificar y estructurar proyectos, será clave en la recuperación. Cámaras y asociaciones (como la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción) pueden guiar a las empresas interesadas en este modelo.

Si a ustedes se les invitara a invertir en un país sin recursos naturales, con enemigos geopolíticos poderosos, una población poco preparada y espacio geográfico reducido, ¿invertirían? Pues ese país era Singapur y ahora es el más competitivo del mundo. Lee Kuan Yew, exprimer ministro de aquella nación, en su libro De Tercer Mundo a Primer Mundo, llamaba a su país “una isla de tierra y polvo”; sin embargo, invirtieron en la competitividad de su gente y en infraestructura.

Nuestro país tiene ventajas competitivas enormes: recursos naturales, extensión geográfica, acceso a dos océanos, centros turísticos, patrimonio cultural, biodiversidad, una demografía favorable, cercanía con el mercado más grande del mundo, tratados internacionales, entre otras. Si alguna inteligencia artificial se diera a la tarea de diseñar un país “ideal”, seguramente crearía algo como México. 

Winston Churchill decía que un pesimista ve tragedias en las oportunidades, y que un optimista ve oportunidades en las tragedias. Aprovechemos este momento de crisis para, finalmente, visualizar en México qué queremos y qué merecemos.

Eduardo de la Peña, Socio Líder de Infraestructura y Proyectos de Capital –Deloitte Spanish Latin America.

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