El impacto global de la crisis en el 2008 le generó una relevancia sin precedentes al Grupo de las 20 naciones más influyentes como órgano, en donde se conjuntaron esfuerzos para salir del problema.

En la primavera del 2009, el G-20 se reunió en Londres para establecer medidas contundentes que significaron el abandono de la etapa crítica.

Luego en el otoño pasado, la reunión de Pittsburgh derivó en una estrategia común para la recuperación del crecimiento.

Para la reunión de este fin de semana en Toronto, las expectativas son diferentes. No se espera un acuerdo. Hay diferencias serias en temas importantes entre los principales bloques, a saber: Estados Unidos y el bloque Europeo.

A raíz de la crisis de los países periféricos, las autoridades en Europa, tanto de la comunidad como de los principales países (Francia y Alemania), tuvieron que determinar políticas de ayuda relevantes que significaron el rompimiento temporal del orden establecido originalmente al formarse la Unión Europea.

Se tuvo que aceptar la existencia de elevados déficit fiscales y la intervención heterodoxa del banco central para aportar liquidez y financiar parte de este rescate.

Esas mismas autoridades quieren dejar en claro que estas medidas son estrictamente temporales y que tienen la voluntad de volver a imponer la disciplina fiscal y monetaria acordada en los tratados de Maastricht.

Por ello, urgieron a los países implicados a aprobar rápidamente medidas de austeridad y un plan de mediano plazo para reducir sus extraordinarios huecos fiscales.

Asimismo, estos países están tratando de implementar medidas de austeridad en sus propios feudos, tratando de mitigar el impacto del esfuerzo de rescate y, por otro lado, de sentar las bases de una recuperación más sostenida.

Por razones parecidas, el nuevo gobierno en el Reino Unido ha decidido tomar el toro por los cuernos y ha propuesto un paquete fiscal cargado de austeridad.

Este grupo de países, a los que se ha adherido Canadá, pretenden que las naciones miembros del grupo establezcan planes creíbles, pero a la vez agresivos para reducir los elevados niveles de endeudamiento fiscal como parte del esfuerzo para eliminar los fuertes desbalances globales.

Estados Unidos no está de acuerdo. En una carta emitida en esta misma semana, el gobierno estadounidense determinó su intención de exhortar a los países a mantener el estímulo fiscal ante el riesgo de una recaída en la recuperación, la cual agravaría por sí sola, según argumentan, los problemas fiscales en todos lados.

Esta diferencia no es la única. En las últimas semanas, el gobierno de Gran Bretaña, así como de Francia y Alemania han hecho formal su intención de cobrar un impuesto a la banca como parte de las medidas para corregir sus desbalances y a la vez controlar la operación de los bancos.

Éste ha sido un asunto al que en principio de han opuesto Canadá, Estados Unidos y Japón. Una divergencia similar hay sobre un pretendido impuesto sobre las transacciones bancarias.

Es probable, entonces, que las resoluciones de este fin de semana no contengan acuerdos en estos temas tan relevantes y que más bien incluyan la mención de que los países se harán responsables de sus propias políticas fiscales, así como de la regulación en su sistema bancario.

Es muy difícil delinear las consecuencias de esta carencia de un propósito común entre los principales países desarrollados; sin embargo, parece lógico vislumbrar que las expectativas de crecimiento tendrían que verse afectadas a la baja. Eso es lo que mantiene nerviosos a los inversionistas.

*Rodolfo Campuzano Meza es director de Análisis de Invex.

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