STANFORD – La inflación sigue en aumento. Desde su punto de inflexión en febrero de 2021 hasta el mes pasado, el índice de precios al consumidor de Estados Unidos ha crecido el 6% -una tasa anualizada del 8 por ciento.

La causa subyacente no es ningún misterio. A partir de marzo del 2020, el gobierno de Estados Unidos generó alrededor de 3 billones de dólares de nuevas reservas bancarias (un equivalente a efectivo) y emitió cheques a personas y empresas. El Tesoro luego pidió prestados otros 2 billones de dólares aproximadamente y siguió mandando más cheques. El estímulo total llega a alrededor del 25% del PIB y a alrededor del 30% de la deuda federal original. Si bien gran parte del dinero fue para ayudar a gente y empresas muy afectadas por la pandemia, una buena parte también se envió sin tener en cuenta la necesidad, sólo a título de estímulo (o “favor”) para incentivar la demanda. El objetivo era inducir a la gente a gastar, y eso es lo que la gente está haciendo ahora.

Milton Friedman alguna vez dijo que si uno quiere inflación, no hace falta más que arrojar dinero desde helicópteros. Eso es básicamente lo que ha hecho el gobierno de Estados Unidos. Pero esta inflación norteamericana en definitiva es fiscal, no monetaria. La gente no tiene un exceso de dinero en relación a bonos; más bien, la gente tiene ahorros extra y un patrimonio aparente adicional para gastar. Si el gobierno hubiera pedido prestados los 5 billones de dólares para emitir los mismos cheques, probablemente tendríamos la misma inflación.

Otros presuntos factores –entre ellos los “impactos de la oferta”, los “cuellos de botella”, los “cambios en la demanda” y la “codicia” corporativa- no son relevantes para el nivel general de precios. Los puertos no estarían congestionados si la gente no intentara comprar muchos productos. Si la gente quisiera más televisores y menos comidas en los restaurantes, el precio de los televisores subiría y el precio de las comidas en los restaurantes bajaría. La codicia no estalló de repente el año pasado.

Por el contrario, la inflación, cuando los precios y los salarios suben al mismo tiempo, surge del balance de oferta y demanda general. La capacidad de la economía para producir bienes y servicios resulta ser más baja de lo esperado. Aquí, la escasez de mano de obra –la “Gran Renuncia”- es un hecho subyacente clave. Los empleadores no pueden encontrar gente para trabajar porque mucha gente sigue manteniéndose al margen y ni siquiera busca trabajo.

La Reserva Federal de Estados Unidos se sorprendió por completo ante el alza de la inflación, y durante gran parte del año pasado insistió en que sería “transitoria”, y que desaparecería sola. Eso resultó ser un importante fracaso institucional. ¿No es acaso la tarea principal de la Fed entender la capacidad de oferta de la economía y llenar –pero no desbordar- la copa de la demanda?

Es de imaginar que entre los miles de economistas que emplea la Fed existe un grupo que trabaja en descifrar la capacidad de los puertos, los efectos de la escasez de microchips, cuánta gente se ha retirado y no regresa al trabajo, entre otras cosas. La realidad nos decepcionaría. Los bancos centrales tienen ideas vagas de la oferta, esencialmente centradas en tendencias estadísticas en los mercados laborales.

¿Por qué este estímulo fiscal produjo inflación mientras que los estímulos anteriores desde 2008 hasta 2020 no tuvieron el mismo efecto? Existen varias posibilidades obvias. Primero, este estímulo fue mucho mayor. Con sólo mirar el tamaño inmenso de los paquetes de gasto en relación con cualquier estimación razonable del déficit del PIB, el ex secretario del Tesoro de Estados Unidos Lawrence H. Summers predijo acertadamente que habría inflación en marzo del 2021.

Segundo, las autoridades malinterpretaron la recesión del Covid-19. El PIB y el empleo no cayeron porque hubo una falta de “demanda”. En una pandemia, se le puede enviar a la gente todo el dinero del mundo y aun así no irá a comer afuera ni reservará un vuelo, especialmente si esos servicios están suspendidos por un decreto gubernamental. Para la economía, una pandemia es como una tormenta de nieve. Si uno le manda mucho dinero a la gente cuando está nevando, no va a tener actividad en medio del ventisquero, pero sí tendrá inflación una vez que la nieve haya desaparecido.

Tercero, a diferencia de las crisis anteriores, el gobierno generó dinero y envió cheques directamente a las empresas y a los hogares, en lugar de pedir prestado, gastar y esperar que el efecto se trasladara a los ingresos.

¿La inflación continuará? Fundamentalmente, la inflación estalla cuando la gente no cree que el gobierno pagará todas sus deudas, llegado el caso mediante excedentes fiscales. La gente entonces intenta deshacerse de la deuda y, en su lugar, comprar cosas, lo que hace aumentar los precios y reduce el valor real de la deuda a lo que la gente cree que el gobierno pagará. Dado que los precios han subido el 6%, la gente evidentemente cree que, del 30% de la expansión de la deuda, el gobierno no pagará al menos el 6%. Si la gente cree que se pagará menos de la expansión de la deuda, entonces el nivel de precios seguirá aumentando, hasta el 30%. Pero la inflación finalmente se detendrá: una reducción única del helicóptero fiscal conduce a un incremento único del nivel de precios.

En consecuencia, que la inflación continúe o no va a depender de la política fiscal y monetaria futura. La política fiscal es el gran interrogante: ahora que hemos cruzado el Rubicón de la gente que cree que una expansión fiscal no se pagará por completo, ¿la gente pensará lo mismo de los persistentes déficits adicionales? El peligro aquí es obvio.

Si la inflación fiscal efectivamente estalla, contenerla resultará difícil. Si los responsables de las políticas monetarias intentan reducir la inflación aumentando las tasas de interés, se toparán con vientos de frente fiscales, así como con un hervidero político. Primero, con el ratio deuda-PIB por encima del 100%, si la Fed aumenta las tasas de interés cinco puntos porcentuales, los costos de los intereses sobre la deuda aumentarán 1 billón de dólares -5% del PIB-. Esos costos de intereses deben pagarse, o la inflación se volverá peor. De la misma manera, si el Banco Central Europeo aumenta las tasas de interés, hace subir los costos de la deuda de Italia, planteando la amenaza de una nueva crisis y poniendo en peligro la enorme cartera de bonos soberanos del BCE.

Segundo, una vez que la inflación se abre paso hacia rendimientos de bonos más altos, frenar la inflación requiere mayores excedentes fiscales para pagarles a los tenedores de bonos en dólares más valiosos. De lo contrario, la inflación no cae.

La política monetaria por sí sola no puede contener un brote de inflación fiscal. Tampoco puede lograrlo una “austeridad” temporaria, especialmente tasas de impuestos marginales marcadamente más altas que recortan el crecimiento de largo plazo y por lo tanto los ingresos tributarios de largo plazo. La única solución duradera es poner en orden la casa fiscal de los gobiernos.

Finalmente, hace falta una política orientada hacia la oferta para satisfacer la demanda sin hacer subir los precios, reducir la necesidad de un gasto social e, indirectamente, impulsar los ingresos impositivos sin ampliar la base tributaria. Frente a las restricciones de la oferta a partir de regulaciones, leyes laborales y desincentivos generados por los programas sociales, las potenciales soluciones aquí deberían ser obvias.

*El autor es integrante senior de Hoover Institution.