Las autoridades financieras del Grupo de los 20 tienen una oportunidad ideal esta semana en Moscú para reflexionar si la generosidad de las políticas monetarias adormecerá sus deseos de realizar las reformas económicas necesarias para generar un crecimiento global sostenible.

El viaje desde el aeropuerto hacia el centro de la capital rusa, con autovías repletas de autos lujosos, podría mostrar a los ministros de finanzas y responsables de bancos centrales que Rusia, anfitrión del G20 este año, ya lo sabe.

En gran parte durante la era de Vladimir Putin, el principal productor de petróleo del mundo emitió dinero mientras su banco central compraba miles de millones de petrodólares y el Gobierno encontraba el camino de salida tras la depresión del 2009.

Pero los efectos colaterales -autocomplacencia política, competitividad en declive y distribución inapropiada de capital hacia el consumo ostentoso y proyectos de prestigio- están cada vez más sobrepasando los beneficios para la economía de 2.1 billones de dólares que tiene Rusia.

Algunos economistas dicen que el caso de Rusia podría predecir el resultado de una política monetaria ultra laxa en Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón, simbolizada además en la promesa hecha en julio por el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, de hacer lo que sea necesario para que el euro supere la crisis de deuda.

"Rusia tiene el petróleo; Europa tiene a Draghi", dijo Tim Ash, analista de mercados emergentes de Standard Bank en Londres, en un reciente viaje a Moscú. "Europa está afrontando todos los problemas que Rusia ignoró en la última década", agregó.

Otros dicen que puede ser exagerado, pero hay ciertas señales de que el entusiasmo por las grandes reformas económicas y regulatorias en Europa ha mermado desde que Draghi asumió la tarea de salir de la crisis de deuda.