Frankfurt. Para toda una generación de líderes europeos, el euro ha sido un poderoso factor de unidad política en un continente que se pasó buena parte del siglo XX en guerra. Pero ahora, el euro enfrenta retos como nunca antes, y la pregunta obligada es si sobrevivirá.

La crisis de deuda soberana que empezó en Grecia y amenaza a otra media docena de países europeos, ha ocasionado una caída de 15% en el valor del euro relativo al dólar desde enero. Muchos economistas consideran obvio que la unión monetaria no habrá de sobrevivir en su actual formato, y que una o más de las naciones del sur de Europa terminarán por regresar a liras, pesetas o dracmas.

Así, el futuro de la unidad europea será decidido no sólo por políticos en París, Berlín y otras capitales, sino en un rascacielos forrado de vidrio en este centro financiero, por un banquero francés de nombre Jean-Claude Trichet y sus 1,600 empleados. A menos de una década de que en los cajeros automáticos de todo el continente se empezara a surtir la misma moneda, el Banco Central Europeo hoy enfrenta extraordinarias presiones.

El banco ya tuvo que cruzar hacia territorio virgen en respuesta a la crisis, comprando miles de millones de euros en bonos gubernamentales para tratar de estabilizar los mercados. Pero esas acciones han desencadenado nuevas tensiones en el corazón del BCE, pues su mayor socio, Alemania, se resiste a aceptar lo que percibe como una violación de los principios fundamentales de un banco central.

El reto del BCE es diseñar una política que sea aceptable para los 16 integrantes, desde Finlandia hasta Portugal, quienes tienen condiciones económicas muy distintas, así como su visión de la inflación y el empleo.

Esta semana, antes de la cumbre del G-20 en Toronto, Trichet declaró que tal vez la clave para el futuro económico de Europa sea una estrategia más amplia de colaboración, que involucre restricciones más severas en los déficit gubernamentales y nuevas formas de ayudar a los países emproblemados.

Dijo al Parlamento Europeo que así se daría un salto enorme en términos de progreso hacia una unidad económica más fuerte.

Trichet ha tenido que recurrir a estrategias controvertidas. En mayo pasado, cuando los mercados castigaban la deuda de países europeos, compró bonos de deuda para bajar los costos de los créditos, el problema es que el BCE no tiene autoridad para adquirir deuda soberana; a eso se opone Alemania.