El crecimiento de la zona euro sigue siendo modesto, pero hay señales incipientes de estabilización, aunque el brote de coronavirus en China nuble el horizonte, dijo el jueves ante la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios de la Eurocámara, Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo.

El BCE ha mantenido durante años políticas ultraflexibles para impulsar el crecimiento, y Lagarde aseveró que este apoyo todavía es necesario para proteger al bloque de las turbulencias mundiales.

“Si bien la incertidumbre que rodea el entorno económico mundial sigue siendo elevada, las relacionadas con las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China están disminuyendo”, indicó Lagarde en la comparecencia parlamentaria. Sus comentarios replican en gran medida mensajes anteriores del BCE.

“Sin embargo, todavía persisten otros riesgos como la incertidumbre que rodea el impacto del coronavirus, que son una fuente renovada de preocupación”, agregó Lagarde en Bruselas, Bélgica.

La economía interna sigue siendo resistente, explicó Lagarde, porque el consumo sigue aumentando, el desempleo se encuentra en su nivel más bajo de los últimos 12 años y el empleo en sus niveles más altos.

No obstante la inflación, objetivo principal del BCE, sigue siendo débil y el bajo crecimiento está deteniendo las presiones inflacionarias, dijo.

La economía doméstica permanece “relativamente sólida”, con el consumo privado expandiéndose 0.5% en le tercer trimestre del pasado año.

“Aun así, los factores globales siguen pesando sobre el crecimiento de la eurozona”, lamentó la presidenta del BCE, quien también recordó que algunas de las incertidumbres que rodean el entorno económico global continúan elevadas.

Este crecimiento moderado de la economía está retrasando que el alza de los salarios se traduzca en mayores precios, y por eso la inflación sigue  débil, en torno a 1.4% en enero, explicó Lagarde.

Dijo que la tendencia a la baja del crecimiento, la menor productividad y el envejecimiento de la población son las principales causas de la caída de las tasas de interés, que junto con la baja inflación redujeron la capacidad del BCE y de otros bancos centrales para relajar su política monetaria.