El Banco Central Europeo (BCE) debería poner fin de forma ordenada a la política de tasas negativas, porque genera numerosas distorsiones en la economía y en el sector financiero, aunque en su origen contribuyó a sanear a los bancos y a salvar la economía de la zona euro.

Ésta una de las conclusiones de los autores de un estudio elaborado por Funcas, presentado por su director general, Carlos Ocaña, que cree que el debate sobre la efectividad de las políticas monetarias no convencionales tanto en Europa como en Estados Unidos está abierto y las críticas sobre estas políticas han aumentado.

El estudio, elaborado por Santiago Carbó, Pedro Cuadros y Francisco Rodríguez, analiza una muestra de 3,155 bancos de 36 países europeos entre el 2011 y el 2018, y compara qué ocurrió con las entidades que operan en países o áreas monetarias con tasas negativas con otras que trabajan en entornos de tasas positivas.

Los intereses negativos en que está instalada la zona euro desde junio del 2014 hacen que estén en juego aspectos como la sostenibilidad de la deuda corporativa, el contagio entre deuda soberana y privada, el aumento de la banca en la sombra, la acumulación de liquidez y numerosas distorsiones en los mercados financieros.

Pero la estrategia de salida de ese escenario de tasas negativas (que los bancos no trasladarán a los clientes minoristas) debe estar muy medida y ser muy larga, porque de lo contrario podría hacer que la morosidad se dispare, según Carbó.

Existe consenso generalizado en que en origen la política expansiva del BCE contribuyó a sanear el sistema financiero y a lidiar con una economía recesiva, por lo que los expertos no discuten su eficacia, sino su excesiva duración.

Añaden que la nueva orientación de política monetaria fijada el pasado septiembre por el entonces presidente del BCE, Mario Draghi, que dejó muy abierto el horizonte temporal con tasas negativas, tiene unos efectos perversos en términos de expectativas.

En el sector financiero, en concreto, el margen de intermediación cayó 18.4% en las zonas con tasas negativas, por encima de lo que lo ha hecho en otras con intereses positivos.

Además, los ingresos por intereses de los bancos con tasas negativas cayeron 43.8% y los gastos por intereses 30.3%, lo que muestra un mecanismo de transmisión imperfecto, ya que se trasladan en mayor medida a los ingresos (de forma negativa) que a los gastos (en los que el impacto es positivo), lo que se traduce en una reducción de los márgenes de intermediación.

Destacan también que el impacto en los márgenes de intermediación es mayor entre aquellas entidades con más activos líquidos, mayor liquidez y más reservas, así como en aquellos bancos con mayor base de depósitos de clientes.

La política de tasas negativas no afecta sólo al sector financiero, sino que se refleja en el conjunto de la economía si se prolonga demasiado, por lo que el estudio considera urgente hacer un seguimiento del impacto en distintos sectores de la economía y cómo puede afectar a la estabilidad financiera.

Esta política tampoco consiguió una correcta transmisión al canal del crédito, que sigue cayendo, y además ha producido efectos inesperados como la proliferación de proveedores no bancarios, o banca en la sombra, y la acumulación de liquidez y distorsiones en los mercados monetarios de corto plazo.

Además, dado que refinanciarse es gratis, muchas empresas zombies que deberían haber abandonado el mercado sobreviven de forma artificial, y están impidiendo que otros proyectos empresariales viables salgan al mercado.

De la comparación entre entidades de distintas áreas monetarias sale otra conclusión: la diferencia entre los bancos de la zona euro y los de Estados Unidos es inquietante, en palabras de Carbó, porque las entidades americanas son más rentables —también porque son más avanzadas desde el punto de vista tecnológico y porque sanearon sus balances al comienzo de la crisis— y eso retraerá el negocio en Europa.