Luis Jiménez sale de su casa con el balón en sus pies. Su playera tiene el nombre de Javier Hernández, pero él se identifica como Hirving Lozano, o cómo el se dice, el Chucky. Narra su hazaña. Se quita un defensor imaginario, uno más, patea de punterazo y, en su mente, anota. Su madre sonríe desde la puerta de su casa y dice que el triunfo ante Alemania es el primer juego que ve de la Selección Mexicana. Luis acaba de cumplir cuatro años en mayo.

La familia Jiménez vive en Tecámac, un municipio del Estado de México ubicado al norte de la capital. En una tienda de abarrotes cercana, Javier Rodríguez recibe a sus clientes vestido con una réplica de la playera del representativo mexicano. Tiene 60 años.

—¿Es la victoria más grande de la Selección Mexicana que le ha tocado ver?

—Sin duda.

—¿Más que la de Bulgaria en el Mundial de México 86 o la de Francia en Sudáfrica 2010?

—Sí, nunca habíamos jugado así. Dominamos y nos defendimos bien.

Javier no lo sabe, pero Ricardo La Volpe —entrenador de la Selección Mexicana en el Mundial de Alemania 2006— coincide con él. Explica que Juan Carlos Osorio planteó bien la táctica del partido con línea de cuatro defensores, que se transformó a cinco con la inclusión de Miguel Layún; dos contenciones, dos extremos y Javier Hernández como centro delantero.

“Es la victoria más grande de la Selección en un Mundial. Nunca se le había ganado a un campeón del mundo”.

La avenida Paseo de la Reforma está cerrada a la circulación vehicular desde el Monumento de la Diana Cazadora al Ángel de la Independencia tres horas después de que concluyó el partido en Moscú.

Una pareja de novios camina cubiertos por la bandera mexicana, a su lado está a un policía que ignora a un hombre borracho que bebe una cerveza. De fondo una multitud corea “Cielito lindo”, como si el asfalto fuera las inmediaciones del estadio Luzhniki.

“Este tipo de triunfos de la Selección reivindican a la población, los ven como propios y alimentan su sentimiento nacionalista. Son tan potentes socialmente hablando que pueden borrar diferencias como las clases sociales”, opina Rodrigo Zenteno, sociólogo de la FES Acatlán de la UNAM.

Misael, quien vive en Iztapalapa, abraza a Mauricio, quien es propietario de un edificio de departamentos en la calle Ámsterdam de la colonia Hipódromo Condesa. Ambos se acaban de conocer. Los dos están borrachos.

En el Ángel de la Independencia, Simón González cumple su quinto año como policía en la Secretaría de Seguridad Pública. Dice que nunca le había tocado resguardar una manifestación así. Cuenta que otros compañeros dicen que el festejo es inédito. Hasta el momento no han detenido a nadie. “Prefiero estas manifestaciones que las de la CNTE”, se ríe.

La charla se interrumpe con la avalancha de aficionados que dan la vuelta al Ángel de la Independencia. El que va a la cabeza del festejo porta una playera de la Selección y en la mano izquierda una bandera mexicana. “El que no grite es alemán”, corean los aficionados.

Rodolfo López es costarricense y le gusta el futbol desde que tiene uso de razón. Tiene 67 años y el cabello cano. No le sorprende la celebración mexicana. Cuando Costa Rica avanzó hasta los cuartos de final del Mundial de Brasil 2014, vivió un ambiente en el que abundaban el alcohol, la alegría, los tambores y los festejos.

“El festejo mexicano es una calca, pero es propio de los aficionados del futbol. En La Cibeles en Madrid o en San José de Costa Rica es lo mismo. Esto sólo lo hace el futbol”, dice.

Al tiempo, un grupo de colombianos muestran una cartulina. “Colombia festeja con ustedes, hermanos mexicanos”, dice. A López se le dibuja una sonrisa y reafirma su argumento.

“Estos festejos pueden durar días si la Selección sigue ganando. En Costa Rica se alargó hasta que la Selección regresó al país. Salimos a las calles. Éramos muchos, pero no tantos como aquí. Se nota que son más de 11 millones de ciudadanos”, dice.

Manuel Lapuente —entrenador de la Selección Mexicana en Francia 98— coincide en que es la victoria más grande de México en las copas del mundo, pero que debe tomarse con tranquilidad por los aficionados. La Selección, dice, aún no ha ganado ningún título.

La Volpe coincide y dice que el triunfo es más valioso porque le da la posibilidad de terminar en primer lugar de grupo y evitar a Brasil en un eventual enfrentamiento de octavos de final.

“La mayoría de los rivales que enfrentó México en octavos de final, salvo Estados Unidos (en Corea-Japón 2002), tenían historia, jerarquía, y es difícil enfrentar a un rival así en fases de eliminación directa. Si consigue el primer lugar enfrentaría en octavos a Serbia o Suiza, selecciones que no tienen historia y que serían más accesibles de vencer. Esa es la verdadera importancia de esta victoria”.