Los Juegos Olímpicos de Río 2016, orgullosos, cercanos... austeros. Hace no mucho, la crisis económica de Brasil obligó al gobierno y organizadores a reducir costos, bajar presupuestos para ahorrar en todo. Hasta en una de las garantías más importantes como la seguridad.

Son 400 millones de dólares los invertidos en este rubro para la justa veraniega. ¿Parece demasiado? No si se toma en cuenta que los brasileños invertirán apenas una cuarta parte de lo que gastó Londres 2012 en seguridad y 16 veces menos que lo que destinó Beijing 2008 para lo mismo.

Los Juegos de Río serán los que menos dinero destinarán a la seguridad de los visitantes desde el 2001, año en que se llevaron a cabo los ataques terroristas de las Torres Gemelas en Nueva York. Será la justa olímpica con la segunda menor inversión en seguridad del 2000 a la fecha, incluso ahora que los ataques de Francia de noviembre del año pasado mostraron que la vulnerabilidad del mundo occidental está en carne viva.

Hoy es el terrorismo el foco de atención de organismos gubernamentales, agencias de inteligencia... Juegos Olímpicos.

El terrorismo que, en palabras de Mauricio Meschoulam, internacionalista y especialista en terrorismo, mediación y paz, consiste en el empleo de la violencia con el propósito de infundir en terceros un estado de shock o terror , se ha sofisticado cada vez más.

Es un delito que atenta contra cualquier tipo de persona, víctimas que se convierten en herramientas para propagar el terror, para hacer ver motivaciones propias o de un grupo: políticas, económicas, religiosas.

Apenas hace unos meses, la ciudad francesa de París vivió uno de los momentos más angustiantes y tristes en su historia, luego de que tres células terroristas atacaron terrazas y una sala de conciertos que provocaron la muerte de al menos 127 personas y dejó a 180 heridos.

Alerta máxima; sin embargo, la mayor amenaza que tendrán que sortear los juegos de Brasil hoy no viene en grupo. Se trata de los Lobos Solitarios, esos ataques perpetrados por individuos y no células, como los que se suscitaron en el maratón de Boston, en el que el ataque vino de dos hermanos. Esos son los más difíciles de detectar , asegura Meschoulam .

Los Juegos Olímpicos serán, sin duda, uno de los puntos más riesgosos a tener en cuenta por el terrorismo en este verano. Lo han tenido en consideración las organizaciones de otras justas olímpicas que en total, desde Sidney 2000, han invertido 15,280 millones de dólares en seguridad, la mitad de lo que necesita el mundo anualmente para combatir la hambruna, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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No se salvan ni siquiera países más neutrales como Brasil. Ellos están sujetos a un riesgo similar al que estaba sujeto Atlanta, al que está sujeto París o países más involucrados en conflictos de Medio Oriente , asegura Edgardo Buscaglia, investigador de la Universidad de Columbia y presidente del Instituto de Acción Ciudadana para la Justicia y la Democracia AC.

Aquí unos datos que lo confirman: entre el 2001 y el 2015, los principales actos de terrorismo a nivel mundial se han presentado en 14 países; cuatro de ellos están entre los más poderosos del mundo: Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña y Francia.

En total, se pueden contabilizar 5,718 muertos tras 22 atentados perpetrados sólo contando los más representativos . Es decir que, en ese lapso, al día mueren 1.1 personas en actos relacionados con el terrorismo.

Los actos de terrorismo pueden ser de diversa índole, no solamente contra la población civil, sino también cibernéticos, económicos, una gama de diferentes alteraciones ligados a grupos criminales organizados y que tienen una motivación económica, política, muchas veces fundamentada en una idea distorsionada de la religión , explica Buscaglia.

Escenarios cuasi teatrales, lugares. Y el deporte no se salva. Es imborrable la marca que dejaron los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, donde 11 atletas israelíes murieron a manos de un grupo terrorista llamado Septiembre Negro.

Lejano ya ese episodio, pero no el único. En los últimos 15 años, al menos ocho atentados terroristas ha vivido el deporte, el más reciente fueron las explosiones cerca del Stade de France en noviembre pasado, cuando se tuvo que desalojar el inmueble en donde se jugaba el amistoso entre las selecciones nacionales de Francia y Alemania.

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El 27 de julio del 2012, no uno como tradicionalmente se estilaba sino siete atletas encendían, con la llama olímpica que había cruzado todo el río Támesis, un pebetero que emergía de las entrañas del estadio olímpico.

Ahí, cuando los británicos se mostraban más británicos que nunca, cuando los íconos como la Reina Isabel, James Bond y la Isla de las Maravillas se transmitían a todo el mundo, al menos 1,000 millones de personas estaban al pendiente de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

El interés es extremo. Y eso lo saben bien los organizadores y el Comité Olímpico Internacional (COI), que ha entendido la importancia de estos grandes eventos, a tal punto que el año pasado aprobó la creación de un canal olímpico de TV digital que tendrá su sede en Suiza y una sucursal en Madrid, para el cual se invertirán 490 millones de euros, 350 de los cuales se destinarán a la producción de contenidos y soporte técnico.

Lo entienden también los terroristas, aquellos que saben que los Juegos Olímpicos o cualquier otro evento masivo funciona como herramienta perfecta para transmitir su mensaje. Meschoulam comenta que la audiencia conectada a los medios de comunicación durante el evento es la tormenta perfecta para un acto de terrorismo.

Los eventos deportivos ya tienen predispuestas a las audiencias. Si haces la conexión de acto violento pero que es también acto mediático para la transmisión de un mensaje, tienes la tormenta perfecta. En unos Juegos Olímpicos, con semejante cantidad de audiencia ya cautiva, éstos se vuelven un riesgo , destaca Mescholuam.

Habrá que transportarse al 5 de septiembre de 1972. Los Juegos Olímpicos de Múnich, el escenario. Alemania prometía una nueva imagen no militante alemana. Los policías estaban prohibidos en los lugares olímpicos y en su lugar había 2,000 elementos de seguridad desarmados.

Es de madrugada y en la Villa Olímpica todo parece tranquilo. A excepción de que en las afueras del inmueble, un grupo de terroristas palestinos conocidos como Septiembre Negro intenta adentrarse a los departamentos donde duermen los atletas.

Gracias a la ayuda de unos atletas estadounidenses que habían salido de fiesta y que también intentaban entrar a la Villa, aunado a la nula seguridad que existía en las instalaciones, los terroristas lograron entrar, llegar hasta los departamentos donde dormía la delegación israelí y secuestrar a varios de sus miembros.

Ya ahí, los terroristas asesinaron a dos atletas y tomaron como rehenes a nueve más. Exigían la liberación de 234 palestinos de las cárceles israelíes.

Cuando la policía intentó liberar a los israelíes en el aeropuerto militar de Fürstenfeldbruck, donde habían sido trasladados en dos helicópteros, murieron cinco de los ocho terroristas, un policía alemán y todos los rehenes.

Todo, desde la negociación con el grupo terrorista hasta el trágico final del acto, fue televisado por la televisión a todo el mundo. El mensaje estaba dado.

Ése es un ejemplo claro de lo que puede lograr el terrorismo en unos Juegos Olímpicos. En ese entonces no tenías redes sociales, Internet, pero sí una audiencia de aproximadamente 600 millones de personas directamente enfocadas en esos JO , indica Mauricio Meschoulam.

Y asevera: Con pocos recursos relativos, un atentado terrorista puede generar un efecto psicológico brutal en amplísimas audiencias y muchas otras partes. Por eso los JO son escenarios delicados, riesgosos .