Luego de no poder tocar pelo en la segunda y tercera novillada de la Temporada Chica, Ricardo Frausto alcanzó la puerta grande en la Plaza México tras cortar las dos orejas de Bilbalero, ejemplar número 173 de Barralba que mereció los honores del arrastre lento.

En el cerrojazo de la campaña menor en el coso de Insurgentes, sus alternantes Miguel de Paulo y Antonio Lomelín no desmerecieron pues el tesón, pundonor y enjundia que mostraron quedaron grabados en la mente de los 5 mil asistentes al inmueble de la colonia Nochebuena.

Fue el tercero de la tarde, un astado codicioso que acudía pronto a los cites del aguascalentense quien se recreaba en cada pase mientras se escuchaban lo olés acompañando los pases desde los tendidos.

Cambiados por la espalda, pases de trinchera seguidos del de pecho e intercalados con dosantinas, llenos de poder, temple y sentimiento que coronó con un estoconazo fulminante para conseguir las dos orejas.

Luego, la vuelta al ruedo. Vicisitudes, dolores y percances del pasado quedaban atrás para Ricardo Frausto, quien agradecía a la gente en los tendidos mientras trataba de grabar en su mente y para siempre esos momentos de triunfo.

A su segundo poco le pudo hacer, el novillo llegó sin fuerza al último tercio y se quedó parado, pero no limitó los lances variados y de nueva cuenta el temple en la muleta para escuchar palmas luego de matarlo y salir en hombros al finalizar el festejo.

El español Miguel de Pablo tuvo una actuación valiente y llena de pundonor, luego de pasaportar a los dos toros de su lote saludó en el tercio con fuerza.

Lágrimas de impotencia asomaron en los ojos del torero ibérico, quien sufría la impotencia de no haber alcanzado el triunfo, mismo que llegó con un ejemplar de regalo y en el que estuvo en el mismo tenor, con la diferencia de matarlo en forma adecuada para recibir un apéndice.

Antonio Lomelín levantó prácticamente de sus asientos al público al jugar los brazos de manera extraordinaria en los lances a la verónica, luego conectó fuerte al torear en redondo con clase, temple y sentimiento para tirar todo por la borda al írsele la mano muy abajo en la suerte suprema y todo quedó en palmas.

En el quinto de la tarde, un burel aplomado que no acudía al engaño, derrochó voluntad y sacrificio, sin embargo nada pudo hacer y abrevió para que le aplaudieran su entrega.

Se lidiaron siete novillos de Barralva, bien presentados y de juego desigual y en los que sobresalió el tercero de la tarde cuyos restos merecieron los honores del arrastre lento.