Johannesburgo. Rafael Márquez juega su última Copa del Mundo. Tras tres Mundiales, el Kaiser sabe que sus mejores días en el futbol ya han pasado. De entrada, su equipo el FC Barcelona ya piensa seriamente si renovarle el contrato o no.

Ayer, Aguirre le quitó la capitanía que era de él desde el 2002 pero el michoacano se sigue aferrando a ser vital.

Su gol en el Soccer City da vida. En un partido donde el pronóstico tenía unidades, la derrota parcial ante Sudáfrica frustraba cualquier expectativa para seguir con vida en el torneo. Pero apareció y con seguridad igualó un partido donde México generó ocho opciones claras de gol en el primer tiempo y los delanteros se cansaron de fallar.

Rafa apareció a casi 10 minutos del final cuando peor jugaba y sin titubear logró medio enderezar un barco que ya se miraba hundido.

Cierto, México fue mucho más. No es un tema de apreciación, es un argumento con números. El 58% de la posición del balón fue del equipo de Aguirre, tuvo 14 tiros a gol, ocho de ellos francos al arco y nada.

Es por eso que luego de la desesperación, Márquez, quien se ha ganado a pulso la etiqueta de abandonar al Tri en momentos claves como aquel codazo del 2002 ante Estados Unidos en los octavos de final, recobró un poco de la confianza que ha perdido por la naturaleza del ser humano, perder habilidades con el paso del tiempo.

Pero el gol vale más si comparamos el momento y el tiempo en que lo consiguió. Carlos Vela, Giovani dos Santos, Guillermo Franco tuvieron manos a manos, cabezazos. En pocas palabras los especialistas no pudieron hacerlo y tuvo que llegar uno de los que se puede considerar históricos del futbol mexicano para poner las cosas en su lugar.

Además contribuyó a la defensa y luego a la ofensiva. El 24% de la posición de la pelota del equipo mexicano fue en media cancha, casi cualquier jugada ofensiva pasaba por él. Y en el minuto 79, cuando tenía un par de opciones para liquidar optó por ser él mismo el protagonista. Lo hizo bien.