Días de gloria que quedaron atrás, la gente se entregó sin cortapisas a su gran trasteo y Manolo Mejía dijo adiós de manera triunfal en la séptima corrida de la Temporada Grande en la Plaza México.

Intenso color azul y oro que centellaba a la luz de los fanales que iluminaban el ruedo al caer de la noche, un traje de luces nuevo que el maestro Mejía mandó hacer para tan especial ocasión.

A Colonche, un toro distraído y que salía suelto de la suerte, lo obligó a pasar tanto en redondo como al natural con pases templados en los que parecía ir arando la tierra y la gente coreaba el ole con entusiasmo.

Nada importaba más que el triunfo en ésta, su última tarde de luces, el poder en los trincherazos, vitolinas o pases del desdén y molinetes, fueron preámbulo de la cerrada ovación tras el pinchazo y la estocada fulminante.

Alicoche, su segundo enemigo, cuarto de la tarde y toro de su despedida, también fue difícil, complicado y distraído, saltó incluso al callejón, pero Mejía, con mente fría, lo llevó, le enseñó y acompañó hasta que consiguió pases muy templados, llenos de cadencia, ritmo y sentimiento que al final le valieron la oreja y el reconocimiento del público en los tendidos.

Luego, su padre y sus dos hijos le cortaron la coleta en los medios, la emotiva vuelta al ruedo hizo que sucumbiera a las lágrimas y al terminar se dirigió al centro del ruedo, tomó un puño de esa arena que alguna vez regara con su propia sangre, la besó con agradecimiento y se retiró al finalizar el festejo en medio de gritos de: ¡Torero! .

David Mora tuvo una discreta presentación, mostró oficio, sitio y su balance fue silencio y palmas; mientras que Fabián Barba se notó con más experiencia y poder para dividir opiniones en su primero y ovación en su segundo.

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