Londres. Respira hondo Lino Montes. De frente a la barra, piensa en su viejo. Tú eres fuerte y los hombres fuertes no lloramos . Contiene el aliento. Mientras se inclina para tomar el grueso metal al que ha puesto 160 kg, recuerda la gran ciudad que le contó mamá.

Eran sus sueños. Cuando niño, le gustaba ver a los aviones surcar el cielo, tirado en el pasto de Tekanchen, en Yucatán. Aquel pueblo en el que corría, con los brazos extendidos para que pudieran palpar con sus yemas la tersura del viento.

Un día conoceré el mundo se prometió el hombrecito de apenas 1.53 metros de altura y 56 kg, que a sus 15 años ya conocía lo dura que era la vida. Primero tuvo que aprender a trabajar en el campo y después tuvo que enfrentar la partida de su padre. No lloró ese día. Ni tampoco cuando sin saber su paradero, a su viejo lo dieron por muerto, aunque después apareció. De golpe se convirtió en hombre de familia cuando se fue a Tecax a trabajar en una nevería.

Lino respira hondo. Contrae los músculos para el primer esfuerzo y levanta la barra. Contiene el aliento, mientras recuerda aquellos días en que no le gustaba este deporte, pero gracias a él vio la posibilidad de subirse a un avión.

Primero fue a Sonora y a Mérida, de una Olimpiada Nacional a otra. Después a Guadalajara, donde en Panamericanos ganó bronce. Hoy, a Londres. Contiene el aliento Lino. Respira. Intenta llevar la pesa a los cielos, pero es inútil.

Cae el yucateco al suelo. Piensa en su viejo: Eres el más fuerte del mundo . Su padre había errado porque es el sexto del mundo… al menos en Juegos Olímpicos.