La idea de contar con unos Juegos Olímpicos más austeros para evitar que las naciones terminen endeudadas tras la realización de las justas tanto veraniegas como invernales, parece una ilusión casi imposible para el Comité Olímpico Internacional.

Y es que mientras Thomas Bach, presidente del organismo, está a punto de aprobar reformas a sus estamentos para hacer de los JO unas competencias más austeras, la realidad es que al menos en la última década, estos eventos han derrochado cada vez más y más dinero.

Así, por ejemplo, de los JO que se han realizado en la última década, los de invierno de Sochi realizados este año han sido los más costosos, pues según datos de la organización se invirtieron 51,000 millones de dólares, convirtiéndose así en los juegos más costosos de la historia.

Una de las preocupaciones del Comité Olímpico Internacional al respecto es precisamente que debido a los altos presupuestos que se plantean las ciudades sede, en ocasiones, las candidatas ya no se atreven a seguir un proceso y retiran sus propuestas para albergar el evento.

Los más recientes casos se dieron para las candidaturas de los Juegos Olímpicos de invierno para el 2022, donde Oslo fue la última ciudad que renunció a su opción para convertirse en sede del evento, y así la ciudad noruega se unió a Estocolmo (Suecia), Cracovia (Polonia), Múnich (Alemania) y Davos (Suiza) en retirar su candidatura.

Según una investigación del profesor de economía Victor Matheson del College of the Holy Cross en Worcester, Massachusetts antes del año 2000, más de 80% de las candidaturas olímpicas provenía de las naciones desarrolladas.

Y es quizá la autoexigencia de las propias candidatas la que ha llevado a que los costos se eleven, pues cada una de las ciudades que buscan la sede olímpica se esfuerzan por superar lo hecho por sus antecesores tanto en espectáculo como en infraestructura.

En la última década, cuatro de las seis ediciones de las justas olímpicas han sido las más ostentosas, tres de ellas en su versión de verano (Beijing, US40,000 millones; Londres, 19,000, y Atenas, 18,200); mientras que Sochi 2014 se proclamó como la más costosa de la historia.

La tendencia parecía mantenerse, hasta las reformas propuestas por el COI, pues Tokio 2020 ha sido blanco de críticas debido a que el estadio olímpico, que fue el gran estandarte de la candidatura japonesa, sería el más caro del mundo pues aunque redujo su presupuesto (el cual inicialmente era de 3,000 millones de dólares) se estima que costará unos 1,700 millones de billetes verdes.

Los estadios olímpicos suelen generar los más grandes dolores de cabeza a los países sedes, en especial el que fue construido para las Juegos de Montreal en 1976, pilar principal de la deuda que los contribuyentes canadienses tardaron tres décadas en pagar.

En tanto, el de Atenas 2004 está prácticamente abandonado, mientras que el Nido de Pájaro de Beijing 2008 sólo está convertido en un lugar turístico. Incluso el de Londres 2012, considerado un inmueble barato, ha tenido problemas para convertirse en el estadio del West Ham.

Así, pese a que el COI espera que sus reformas eviten endeudamientos para los habitantes de las ciudades sede y creación de elefantes blancos, no será sino hasta el próximo año, cuando se presenten oficialmente las candidaturas para el 2024, que se sabrá si las candidatas están dispuestas a cumplir con las propuestas de unos Juegos Olímpicos austeros.

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