“Bueno, en inglés ya no”, sentencia Garbiñe Muguruza para cambiar su discurso a español y provocando el alarido de los más de 7,000 asistentes al Estadio Akron de Tenis de Guadalajara. “No sé qué tiene México que me emociono”, continúa, pero de pronto se ve interrumpida por el grito de una niña desde las gradas: “¡vamos, Garbiñe!” y de nuevo una ola de aplausos no la deja terminar de hablar.

Pero en este caso no hacen falta palabras. Garbiñe sonríe, aplaude al ritmo de los mariachis y abraza a su equipo, liderado por Conchita Martínez, quienes portan una playera de la selección mexicana. No hay mucho más que decir que lo que ella ya ha dicho sobre la cancha al convertirse en campeona de las WTA Finals 2021 en Guadalajara.

Muguruza derrotó a Anett Kontaveit en una final que duró una hora y 39 minutos. Lo hizo en dos sets (6-3 y 7-5), como había venido ganando sus últimos dos partidos. El segundo episodio fue un vaivén de emociones al comenzar potente, luego sufrir una voltereta de juegos por parte de su rival (pasó de un 3-2 a un 3-5) y terminar remontando para quedarse con su primera estrella de WTA Finals. Era su oportunidad y sabía que no la dejaría ir.

“Se ha visto una gran versión mía en Guadalajara, con ganas y motivación. Soy favorita solo desde el papel y la televisión, pero desde mi posición en la cancha no porque las ocho que hemos venido somos las mejores, mírame, he empezado casi estando fuera del torneo (con una derrota y una victoria en tres sets) y ahora estoy en la final”, había mencionado la española previo a su cita contra Kontaveit.

Su conexión con México está más que clara. Tenía que ser una hispanohablante la ganadora de las primeras WTA Finals realizadas en Latinoamérica, y tenía que ser Garbiñe, quien ha ganado tres de sus 10 títulos del WTA Tour en territorio mexicano: dos de nivel 250 en Monterrey y ahora el Masters de Guadalajara.

“El hecho de que esté en América Latina es claramente algo que me encanta. Eso realmente importa cuando vienes al Masters, el último torneo del año, tener el estadio gritando y lleno de gente emocionada”, dijo la campeona, quien en cada uno de sus cinco partidos tuvo frente a ella una multitud de banderas españolas y de cánticos en su favor.

Al término del último juego contra Kontaveit, la española se tiró al suelo con las manos en el rostro, en referencia de que para ella este torneo equivale a ganar un Grand Slam y el último de este tipo que ganó había sido hace cuatro años en Wimbledon. Después de levantarse, salió corriendo a abrazar a su cuerpo técnico, en el que sobresale la figura de su entrenadora, Conchita Martínez.

“Garbiñe ya es grande, ha ganado Grand Slams y sigue dando guerra”, dijo Martínez previo a la final. Su voz es más que autorizada, pues ella y Arantxa Sánchez Vicario fueran la última dupla de españolas que participaron en unas Finals en el año 2000 hasta que Muguruza y Paula Badosa repitieran la presencia en Guadalajara 2021.

Gracias a su triunfo en terreno tapatío, Muguruza terminará el año como la número 3 del mundo, dando un salto desde el quinto puesto con el que llegó a las Finals. Cierra la temporada con 50 partidos encima, 39 victorias, dos títulos (junto al Masters de Dubái) y una bolsa de más de 2.6 millones de dólares, además de acercarse a la última vez que fue la líder del ranking en 2017.

Su tierra predilecta seguirá siendo México, donde no solo sintió el calor de la gente que le gritaba “Garbi” o “Mugu” con todo cariño, sino también donde alcanzó un récord de 14 victorias por solo dos derrotas. La última es la más importante e inolvidable para ella, así como las grandes personalidades del tenis que la acompañaron, como Billie Jean King, Chris Evert y Martina Navratilova.

El próximo año, si el mundo sigue recordando el concepto de normalidad, las WTA Finals se jugarán en Shenzhen, China, a 13,000 kilómetros de distancia de Guadalajara, Jalisco, y no saldrán de ahí al menos hasta 2030. Quizás es por ello que Garbiñe Muguruza añadió un empuje extra a la final de 2021, deseando inmortalizar ese momento en compañía del público que se le entregó por completo durante ocho días.

fredi.figueroa@eleconomista.mx