Polokwane. En el momento en que el balón tocó por segunda vez la red se logró la revolución más importante en la historia del futbol mexicano.

Golpear y derribar a un grande era la asignatura pendiente para el siguiente paso de calidad. Y qué mejor que de los pies de Cuauh­témoc Blanco, el último ídolo de México.

Esas milésimas de segundo en lo que tardó en llegar el penal de Blanco al arco de Lloris fue como un repaso a las frustraciones, a los malos pensamientos. Pero no. El equipo de Aguirre batió 2-0 a Francia y tiene un pie en los octavos de final del Mundial. Sólo una catástrofe eliminaría al Tri. La igualdad ante Uruguay le da el pase a ambos.

México superó a sus fantasmas y a su genética. El ADN de siempre tuvo un cambio de información ayer por la noche. Vencer a un gigante no es imposible aunque lo pareciera.

Ya muy lejos está aquel Uruguay 1930 cuando los galos derrotaron 4-1 a México en el estadio de Pocitos. Ahí inició la tortura más grande que ha vivido el Tri en los mundiales.

Luego vinieron derrotas ante Brasil, Argentina, Alemania, Inglaterra; nunca había visto por encima del hombro a uno de estos equipos. Eso terminó ayer.

Seguro es complicado mirarse más grande que un grande, es un subidón de escalón, nada definitivo, pero fundamental para mantenerse con mucha vida en Sudáfrica.

El esquema táctico de Aguirre siempre apostó a ganar y lo consiguió. Antes del primer gol y tras 45 minutos de amarrar a Ribéry entre Torrado y Márquez, El Vasco se dispuso a liquidar el partido.

Pablo Barrera entró por el lesionado Vela e hizo suya la banda derecha. Evra, el capitán francés, el gran jugador del Manchester, mordió el pasto al menos un par de ocasiones. Lo mismo con Javier Hernández, quien ingresó por Efraín Juárez. Y Blanco por Guille. Ayer los cambios fueron vitales para liquidar a un equipo que no tuvo espíritu.

Ribéry fue el único que intentó imaginar por Francia. Es un genio pero esto no es de soledades, y el equipo jamás se encontró. Tampoco Raymond Domenech hizo mucho por revolucionar a su equipo. Recargado sobre un costado de su banca ni siquiera arengaba a sus jugadores. Sólo miraba.

El primer tanto se generó en el cerebro de Rafael Márquez. Miró a Javier Hernández a quien le filtró. Un mano a mano. El estadio en silencio, casi sepulcral, para mirar la acción del Chicharito. Manchester lo miró, México le rogó y todo el mundo le alabó su regate ante uno de los tres mejores porteros del planeta. Dejó tendido a Lloris y enfiló al arco en soledad. El balón, la portería, el gol.

México sorprendió ahorcando más a Francia. Era cuestión de tiempo y paciencia. Y aunque cedió el campo, nunca dejó de morder en todo el campo a los galos.

Ese gol mató a Francia y a Domenech que si de por sí tenía a toda la nación en contra y a su mismo equipo. Ni siquiera hizo el menor intento por reaccionar y aunque quisiera, tanto Torrado como Márquez ya habían ahogado a Ribéry. El equipo tenía muerte cerebral.

Luego un desborde de Pablo Barrera que dejó parado a Evra y tras enfilarse al área, Abidal le barrió para cometerle penal.

Ahí llegó la hora. Blanco contra Lloris y toda una historia de maldiciones en ese balón. Nadie habló. Un penal dura milésimas que ayer en Polokwane fueron eternas, tan eternas como los 80 años de vida de los mundiales. Pero Cuauhtémoc es más leyenda desde ayer.

Blanco definió el juego con la el gol y le pisó el cuello por primera vez a un gigante, una cosa para no olvidar nunca.