Cuando el árbitro pitó el final del partido de Rusia contra Egipto la semana pasada, la sensación de frustración nacional era palpable, incluso, en un lugar tan lejano al país de la estrella Mohamed Salah, Túnez, donde me había reunido con un grupo de amigos egipcios para ver el encuentro.

Al inicio del partido el ánimo era bueno. Se sustentaba en la actuación que tuvo Egipto en su partido anterior, contra Uruguay. Su juego fue honorable y el gol con el que perdieron lo recibieron en el último minuto. Egipto había logrado dominar el juego durante grandes partes del juego; sin embargo, no pudo convertir la posesión en goles.

Mohamed Salah, un delantero de clase mundial que se ha ganado la atención no sólo de Europa y por supuesto de África, sino del mundo entero, se incorporó a la titularidad en el segundo partido debido a una lesión que le provocó Sergio Ramos durante la final de la Champions entre Liverpool y Real Madrid. La llave de judo que le aplicó el español a Salah lo mantuvo alejado de las canchas durante un mes.

Frente a Rusia todo el mundo esperaba que con sus goles iba a terminar con la maldición de los faraones en los mundiales. 

La esperanza se convirtió en decepción

A Salah lo veneran como a un héroe que despliega dignidad, principios y bondad. Se trata de un personaje “que detona de manera repentina un conjunto de valores humanos dentro de un sistema deshumanizante”, explica el sociólogo egipcio Amro Ali.

Es posible que el tonelaje de expectativas de casi 100 millones de egipcios fue demasiado para su hombro lesionado, por lo que sus nervios cedieron ante la presión en el juego más importante de su carrera.

Es posible que el tonelaje de expectativas de casi 100 millones de egipcios fue demasiado para su hombro lesionado, por lo que sus nervios cedieron ante la presión en el juego más importante de su carrera. También es posible que la lesión que le provocó Sergio Ramos le impidiera llegar de manera óptima al Mundial.

Cuando quedó claro que la derrota iba a derribar la clasificación de Egipto una atmósfera pesada se asentó en el ánimo del país. “Desearía que hubiera algo de lo que pudiéramos enorgullecernos como nación”, comentó uno de mis amigos egipcios, un tanto cabizbajo, después de que concluyera el partido.

Un personaje reconocido en las redes sociales, Ali Saed, comentó algo similar, pero con un tono de frustración mayor. En una transmisión de Facebook Live logró 1.8 millones de vistas: “Como egipcios, ¿por qué no podemos tener un momento de felicidad?”.

“Miren a su alrededor”, dice Ali Saed a los espectadores, mientras conduce su auto en medio del tráfico. “Todo el mundo está preocupado y enojado”. Posteriormente lanza una crítica contra los jugadores y el entrenador de su Selección.

“Ha hervido la sangre de 100 millones de egipcios; 100 millones de egipcios quieren algo de alegría. No hay nada que nos haga felices en este país”, grita. “Espero que un auto me golpee mientras conduzco y me saque de mi miseria”.

Saed admite que el fútbol es el opio de las masas; sin embargo, él lo consume para que le ayude a “olvidar” y también para que me “haga feliz durante un tiempo”.

Para los opositores del presidente Abdelfatah Al Sisi, la situación en Egipto es algo más que sombría. Egipto no sólo ha sido testigo de una represión aguda, sistemática y brutal contra la oposición, la economía está hecha pedazos y el valor de la libra se ha desplomado. Las medidas extremas de austeridad han actuado como potenciadores del dolor entre los más débiles y vulnerables de Egipto.

En el 2011, durante la caída del dictador Hosni Mubarak, los egipcios no querían héroes en el futbol. Eran ellos. Ahora, sí los quieren.