Con una bandera de pirata en la mano derecha y un sombrero de charro en la izquierda, Juan José Padilla corrió hacia el centro del ruedo.

Alcanzaba la puerta grande de la Plaza México con esa segunda oreja cortada al quinto de la tarde, levantaba y agitaba los brazos, feliz por haber conquistado al público capitalino que lo recibió de pie y con una fuerte ovación una vez terminado el paseíllo.

Poco importaba la triste noticia recibida hace apenas 10 días de que le extirparían el ojo en Oviedo el próximo jueves, él venía a México a conquistar a su afición y su férreo espíritu se rebeló con ese par de apéndices conseguidos ayer.

El encierro -nada fácil ni presto al lucimiento- no fue impedimento para que el diestro jerezano diera una muestra de lo que es el valor, la técnica y la emoción de querer seguir dentro del mundo de los toros.

Nadie podría decir que el torero español venía minado de facultades, que su ojo izquierdo -que traía tapado con un parche- no tiene remedio y que su oído carece de audición; a cambio, Juan José Padilla puso el corazón y realizó dos magistrales actuaciones cubriendo los tres tercios para llevarse el cariño y la admiración de los asistentes a esta novena corrida de la temporada grande.

Los lances a la verónica y el quite por chicuelinas a su primero, seguidos de la colocación de banderillas -en las que invitó a Joselito Adame a poner más las tandas en redondo en la faena de muleta, aguantando enormidades y como si fuera una estatua- le valieron la oreja luego de un pinchazo y una estocada fulminante.

A su segundo, un astado con calidad que terminó por dar muestras de manso, lo recibió con cuatro largas cambiadas de rodillas, las dos primeras cerrado en tablas, otra en los tercios y la última, en pleno centro del ruedo.

Le colocó banderillas al cuarteo, sesgando la suerte, saliendo desde las tablas y derrochando facultades, luego hilvanó tandas por ambos lados en la faena de muleta, sobresalieron las de naturales por su temple, calidad y recorrido para terminar su labor con un par de dosantinas totalmente en redondo y matar de un estoconazo que por sí solo valía el segundo apéndice conseguido.

Ése es Padilla, el llamado Ciclón de Jerez que ha conquistado a todos los públicos del otro lado del Atlántico y ahora hace lo propio en la Monumental de Insurgentes, aquel que a punto estuvo de perder la vida y que su amor por la fiesta brava ya le costó un ojo de la cara.

PIZARRO Y ADAME SIN TRIUNFOS

Federico Pizarro y Joselito Adame derrocharon voluntad pero sus deseos de triunfo se estrellaron con el deslucido juego de los ejemplares de Villa Carmela y, en el caso del hidrocálido, hasta con un toro de regalo con el que trató de cambiar una tarde cuesta arriba.