Vivir entre Francia y Alemania en el futbol te condena siempre a levantar la cabeza y alzar la mirada… potencias, todopoderosos de la pelota, miembros de la mitología balompédica. Lo ideal es olvidar esto del balón casi por salud mental e histórica y pensar en otras cosas, pero de soccer nada.

Pero alguna vez el millonario Gran Ducado de Luxemburgo, la quinta nación más pequeña de la región y la 179 del mundo, supo lo que es saberse mejor que gran parte de Europa. En 1964 terminó en quinto sitio de la Eurocopa, derrotó a Holanda, que ya se alistaba para su Futbol Total y obligó a Dinamarca a jugar tres partidos para que le derrotara.

Fueron cinco partidos, los más gloriosos de una nación que ahora presume contar con el PIB per capita más alto del mundo. El Giant Killing de Luxemburgo lo encabezó el atacante del equipo, Camille Dimmer.

Aquel 30 de octubre de 1963, a las 9:37 de la noche se vivió el instante más glorioso en la historia del futbol de Luxemburgo. Minuto 67 del partido y Camille Dimmer marcaba su segundo de la noche, ya había puesto adelante a su selección al 20, pero al 35 lo había igualado Pieter Kruiver para los holandeses.

Entre 1962 y 1964 Luxemburgo tuvo la posibilidad de viajar en el vagón de primera clase. Aquella generación dirigida por el alemán Robert Heinz contó entre sus resultado más importantes, además de la victoria ante Holanda que lo clasificó a cuartos de final de la Euro, un empate 3-3 ante Francia, una victoria 4-1 ante Alemania del Este y un 2-0 ante Suiza.

Heinz fue el encargado de hacer de Luxemburgo un equipo respetable al menos un par de años. Su proceso duró casi una década y ser quinto en una Euro fue el legado que le dejó a una nación que en el mapa pasa desapercibida y en el planeta del futbol es casi inexistente, pero capaz de contar una historia que los hizo ser de la elite, aunque fuera por algunos minutos.

ivan.perez@eleconomista.mx