Johannesburgo. Carlos Tévez es pequeño, pero es un toro. Lleno de músculos, encorvado y protegiendo siempre el balón con la cadera, parece torpe pero es explosivo, una máquina que cuando se motoriza y es como una motocicleta.

En la Premier League le han curtido con las defensas más altas y más corpulentas del mundo. La estatura promedio de un zaguero de aquella Liga no baja de los 1.90 centímetros y él con su 1.70 ha sido más que competitivo, un temor para los defensores.

Su llegada a Europa fue al modesto West Ham para luego consolidarse en Manchester United y pasar al Manchester City. Y así empezó a forjar su futuro como uno de los goleadores más cotizados en el planeta.

Como todos, fue un futbolista que nació de las carencias, pero un accidente que le obligó a soportar discriminaciones por sus cicatrices en el cuello y parte del rostro. Así se construyó el delantero tímido que es una bestia en la cancha.

Ayer fue el jugador del partido, con creces, un doblete suyo fue fructífero y letal. El mejor gol de la noche con un disparo estilo Premier que ni el mejor portero detiene. Al ángulo, asesino para cualquiera.

Tévez es de raza ganadora, ha conquistado la Liga de Argentina, la Premier, la Libertadores, la Champions, la Copa Intercontinental y el Mundial de Clubes, le falta el Mundial y tendrá todo.

Ayer la albiceleste demostró que es candidato al título y no es un imposible por lo que ha mostrado. Marcha con cuatro victorias en el mismo número de partidos. Son perfectos.

La competencia en la delantera no es sencilla para Carlitos, atrás de él están pujando Sergio Agüero y Diego Milito, otros dos monstruos del ataque que sólo esperan el más mínimo error para arrebatarle la titularidad.

Pero la vida ha aleccionado tanto al toro, que difícilmente claudicará. Con su carácter malencarado ha hecho trizas a todas las defensas que ha tenido enfrente.

Ahora llega el turno de Alemania y Tévez estará ahí forjando el camino para la última copa que le hace falta.