Aproximadamente 50,000 personas en el Zócalo desde la madrugada, todas sintiendo ese algo animal, cambiante, en su interior. El estremecimiento de la emoción.

Zócalo capitalino, las 8:40 am. Una pantalla gigante frente a la Catedral nos reúne a todos: es el Fan Fest de la FIFA. Estamos esperando el inicio del Mundial Sudáfrica 2010. No, corrección: estamos esperando a nuestro equipo. Hoy México se juega el equilibrio emocional de estas 50,000 personas (y de millones más) frente al equipo sudafricano.

El ambiente es un temblor: miedo, alegría, el Cielito lindo cantado junto a las carpas del plantón del SME. El grito: ¡Bafana bafana, pásame a tu hermana! proferido por un oficinista que debajo de la playera negra de la selección trae camisa y corbata. Abunda la chela clandestina. Hay tambores de tribu: queremos ser más africanos que nuestro rival.

Mi acompañante dice: México va a jugar el segundo tiempo, el momento es de Sudáfrica con lo de Mandela . Se refiere a la noticia apenas dada anoche de la muerte de la bisnieta de Nelson Mandela en un accidente automovilístico. Se esperaba la presencia del autor de la nación sudafricana en la ceremonia inaugural y al principio del juego, el luto hace obvia su ausencia.

Blatter, según me cuenta mi compañero (trae un radio, aquí nomás no se oye nada entre la multitud), nos echa la sal en su discurso de apertura. Dice que el Mundial le pertenece a los africanos.

Sí, el mundo y el momento está con Sudáfrica, pero en medio de este mar de camisas verdes y negras parecería que de vedad México fuera el ombligo del mundo. De algo nos sirvieron las ceremonias cívicas de los lunes en la primaria: todos cantamos el himno de pie.

Aquí vamos. Un rugido acompaña el inicio del juego. México domina. Guille Franco la toma, mata con el pecho, ¡todo mundo se pone de pie! Y… falla. Mentadas y todo lo demás para Franco, pero se siente la alegría de la seguridad: somos mejores que los "bafana bafana".

¡Por fin, por fin! ¡Carlos Vela anota! ¡Se arma el caos! Nos abrazamos con desconocidos. ¡Sí! ¿Pero por qué no cambia el marcador? Paradoja: gracias a que el portero salió mal dejó a nuestro atacante en offside. Un mal portero evita el gol en contra.

Al ritmo de la desgracia

El medio tiempo viene con un relajo generalizado. La emoción cambió: dela tensión a la seguridad de que los tenemos del calzón según un vecino de plantón. La gente del SME aprovecha para pasar la gorra, creo que recogieron mucho dinero. Ellos también miran el partido, por cierto.

Llega el segundo tiempo y pienso que Aguirre va a meter a alguien con mayor claridad. Y sucede lo impensable: Sudáfrica está jugando mejor. ¡Y no hay cambios mexicanos! Y resulta que el segundo tiempo es de ellos porque son más atléticos y, quizá, tienen más corazón.

Sucede, un tipo con nombre de tonada (Tshabalala) nos anota un golazo. El silencio es impresionante. Ese es un problema mexicano: la adversidad nos congela, pasamos fácilmente del optimismo ciego al pesimismo probado por un revés solitario.

Y muchos que ya pensábamos en el Ángel pasamos a la casi-lágrima. Esto no está jalando, hay cambios (tardíos, casi en el minuto 70) y entra el Tlatoani Blanco, el Principito Guardado y el Joven Maravilla Chicharito.

Y no pasa nada, sólo el tiempo y la desilusión. Cuando de pronto, un servicio que parece perdido le cae al expulsado de la tribu: Rafa Márquez con frialdad de europea fusila al portero africano. La ovación es espectacular. Coro: ¡Rafa capitán!, ¡Rafa capitán! . Sonrisas triunfales en la cara de todos.

Pero no basta, no puede bastarnos. Pero el partido sigue con algunos sustos graves en contra y termina con un salomónico empate amenazado al final por un tiro sudafricano que, por suerte, muere en el poste.

Algún feliz conformista propone ir al Ángel por el relajo y por el puntito , pero nadie tiene ganas. Qué amargura cuando te bajan así de tu nube.

Así que el primer juego de la Selección acaba siendo un viernes normal de trabajo. Nos quedamos con el Cielito lindo trabado en el pecho. Francia: ahí te vamos. Ángel, luego nos vemos.

BVC