Verdes lucían los árboles que adornan cada rincón de la residencia oficial de Los Pinos. Allí, entre ardillas, pasto húmedo, un sistema infranqueable de seguridad y mucha gente dispuesta a presenciar la ceremonia oficial de abanderamiento de la delegación mexicana rumbo a Londres 2012, Felipe Calderón inició su discurso, esas palabras se llenaron de energía, de orgullo, de amor patrio.

Todos atentos al discurso del mandatario que ha pedido honrar el deporte mexicano como aquellos que, con su vida, defendieron los colores de su historia. Pero ustedes no tienen que dar su vida , acotó.

Un gran número de elementos de seguridad estaban regados por todo el escenario. Eran guardias del Estado Mayor Presidencial que no quitaban los ojos de todos. Se comunicaban entre ellos, daban órdenes, caminaban y observaban. Vigilaban.

Se acercaron todos a los pies de la estatua inmaculada de Francisco I. Madero para tomarse la foto. Uniformados, excepto la judoca Vanessa Zambotti, quien el jueves había denunciado la talla errónea de su uniforme: mediana en lugar de grande.

Por allá estaba María Espinoza, la abanderada, por acá, Jesús Corona, capitán de la selección de futbol. Sonreían. Tanta ilusión expresaban sus rostros, como la intensidad con que el sol había comenzado a bañar el patio sobre el que, a paso veloz, caminaba el Presidente.

Saludó a cada uno de los atletas de mano, sonreía. Nos deseó suerte , reveló después María Espinoza. Las luces de los flashes deslumbraban: una más aquí, otra foto por allá.

Había que romper filas. Era hora de dar discursos. Por parte de los atletas paralímpicos, el nadador Luis Armando Andrade cumplió la misión; por los olímpicos, Patrick Loliger de remo hizo lo propio.

Llegó el momento esperado. Recibió María, orgullosa, la bandera de manos de Calderón. Solemne el instante, que apenas se vio interrumpido por el martillante clic de las cámaras. Todos querían llevarse la imagen, la nota de ocho.

De pronto, algo inesperado sucedió. En medio del discurso, justo cuando Calderón hablaba del orgullo de representar a México, de las ilusiones, de las esperanzas, Alejandra Valencia rompió filas en la escolta, sin quererlo. A unos metros del suelo la arquera fue rescatada de un inminente golpazo. Lo que pasa es que no había desayunado , explicó Bernardo de la Garza, director de la Conade.

Por eso agradecieron los atletas que no había que regresar pronto a los entrenamientos, por eso la urgencia de salir corriendo a la comida que ofreció el Presidente en el Campo Marte a todos esos deportistas que no esconden la alegría ni el orgullo.

Ésa es la centena de atletas que en medio de ardillas y pasto húmedo tienen la ilusión de un país en sus manos.

cristina.sanchez@eleconomista.mx

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