De pie, simula las contorsiones que hará en el aire. Respira profundo, voltea hacia las gradas y están vacías, pero las expectativas de millones de personas se cuelan a través de la cámara de televisión que la enfoca. En tan sólo unos segundos avanza a gran velocidad, salta, gira una vez, pero debían ser dos, y cae sin balance. “¿Qué le pasa a Simone Biles?”, pregunta un comentarista de deportes. El cuestionamiento seguramente se repite en varios idiomas.

Su asombro crecerá cuando la “reina”, la siete veces campeona nacional de Estados Unidos, la gran medallista olímpica, la joven que revolucionó la gimnasia mundial y se repuso del racismo y el abuso sexual, decidió bajar de la gloria artificial en la que la querían montar para decirles que primero está su salud mental, su conciencia, dice. Adiós, Tokio 2020.

“Uno de los logros laborales más importantes en mi vida fue haberme ido de un lugar tan tóxico y haber visto esa situación a tiempo. Me sentí muy orgullosa de mí”, dice Amparo Hernández, una comunicóloga y periodista. La historia de Simone Biles le ha hecho recordar la ansiedad que llegó a sentir, pero también la fuerza y la valentía que tuvo al anteponer su salud.

“Han sido realmente estresantes estos Juegos Olímpicos”, esta semana, este año, dice la gimnasta en conferencia de prensa para contar cómo es que decidió priorizar su bienestar físico y mental, lo que implicó retirarse de la competencia. “Tenemos que cuidar nuestra mente y nuestro cuerpo, en lugar de simplemente salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos”, puntualizó.

Hacer lo que el mundo quiere que hagamos. La salida de la competencia, pero sobre todo las palabras de la estadounidense de 24 años han causado gran impacto. Ha recibido críticas, no obstante, tambien miles de muestras de apoyo y de comprensión, pues no es la única atleta ni la única persona que se ha sentido de esa manera en la actividad a la que se dedica.

¡Ponte la camiseta!

En México se trabajan demasiadas horas. Entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), éste es el que tiene jornadas más largas. También en el que hay mayores niveles de estrés laboral, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Acá, 8 de cada 10 personas que trabajan viven con mucha tensión. Mientras que en China son 7 de cada 10 y en Estados Unidos, 6 de cada 10.

En enero de 2022, el síndrome del agotamiento profesional, o burnout, será oficialmente un padecimiento laboral. En 2019 la OMS actualizó la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) y aprobó incluirlo. Este nuevo catálogo entrará en vigor a inicios del próximo año.

“Desde la infancia vivimos con la presión de cumplir expectativas. Hay un aplauso social al estar ocupados”, siempre produciendo, comenta Fabiola Esquivel, consultora y couch laboral. Sin tiempo libre, no podemos conocernos y “saber cuáles son nuestros límites y nuestras verdaderas metas”, no las que el sistema nos impone.

Entre lo mucho que nos está enseñando Simone Biles es a “cuestionarnos, reconocer que tenemos un límite y no dejar que nadie más lo invada, defenderlo”, a pesar de las críticas y, por supuesto a hablar de la salud mental.

Las personas que asesora, y también ella misma cuando trabajó en alguna empresa, comenta, solían quedarse mucho más tiempo en la oficina, laborar en casa o hacer más de lo que les correspondía. “Es algo que tienes introyectado, que así de difícil tiene que ser el camino”.

Muchos centros de trabajo fomentan esa cultura laboral con frases veladas como “ponte la camiseta”, “aptitudes para trabajar bajo presión”, “ganas de trabajar”.

Existe “mucha manipulación al respecto, hay tantas prácticas que no son ni éticas ni humanas”, pero que son comunes, expone la especialista. Son historias que suelen escuchar en sus asesorías, “pero todas esas personas terminan cambiándose de empresa”. Por eso es hora de que los centros de trabajo tomen en serio la salud mental de su personal, apunta.

Los twisties laborales

“Entré a trabajar a un periódico en el cual creía mucho, desde la universidad soñaba con algún día trabajar ahí”. Al igual que Simone, al igual que muchas personas, Amparo Hernández se esforzó por cumplir su meta. “Lo concebía como el trabajo de mis sueños, pero las cosas no resultaron ser así”.

La violencia era casi como política laboral, dice. “Era algo sistemático, aunque en mi caso era una persona quien ejercía el acoso contra mí y mi equipo”. Pero otras personas sabían lo que ocurría y lo justificaban o lo replicaban, “quizá estaban alienadas en ese ambiente”.

Es necesario que este cambio lo hagamos juntas y juntos, dice Fabiola Esquivel. Cuando una persona, como Simone Biles con todos los reflectores y la presión de marcas y contratos, o Amparo Hernández, con el trabajo de sus sueños, se atreven a romper esa lógica, a no ser esa rueda en el engranaje, se encuentran con mucha oposición. "No siempre las compañeras o compañeros entienden la rebeldía de quienes se atreven a hablar, pero basta reflexionarlo un poco".

Hubo un momento en el que “me desconecté, me despersonalicé. Fue tanto, que tuve que ir a terapia para identificar por qué me sentía tan mal y después de medio año me di cuenta que era por el trabajo. Ya no lo disfrutaba, ya no me gustaba estar ahí y no había desarrollo profesional”.

Otras de las declaraciones de Simone Biles fue: “Hay que priorizar la salud mental, porque en caso contrario, no vas a disfrutar el deporte y no vas a tener éxito. No pasa nada por dejar una competencia para concentrarte en ti misma”.

La OMS define el burnout como el “resultado del estrés crónico en el lugar de trabajo, que no se ha manejado con éxito”. Se caracteriza, dice, por sentimientos de agotamiento y una sensación de ineficacia y falta de realización.

Otro síntoma es el “distanciamiento mental del trabajo”. Hay un desapego, el cual también puede manifestarse con “sentimientos negativos o de cinismo relacionados con las funciones que les tocan hacer”.

A ese distanciamiento mental, en la gimnasia le llaman “twisties”, que se podría traducir como “giros”. Aunque en realidad, la percepción física es de lo contrario. Se trata de un bloqueo mental que les hace perder la sensación del espacio y la plena conciencia de cómo se mueve su cuerpo.

Simone Biles señaló que fue uno de los síntomas que padeció en éstas y otras competencias. “He tenido twisties desde que tenía 11 años. No puedo imaginar el miedo de que te suceda durante la competencia”, comentó en su cuenta de Twitter la gimnasta estadounidense Aleah Finnegan.

“No puedo hablar por Simone y no tengo idea de lo que está pasando por su cabeza, pero por mis experiencias no es algo para tomar a la ligera”, agregó.

Resistir a costa de qué

El temor real de muchas personas es que si hablan sobre su condición mental, puedan perder el trabajo o ser vistas como débiles y no aptas para un mejor puesto. Y no todas tienen el privilegio de poder renunciar, especialmente en medio de la pandemia de covid-19.

En junio, más de 33.7 millones de personas, de las más de 55 millones de personas que tenían una fuente de ingresos, ganaba hasta dos salarios mínimos, es decir, el 61%, según la  última Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). De esta población, 14 millones no gana más un salario mínimo al día, o sea, perciben menos de 141 pesos por toda una jornada laboral.

“Si están en un trabajo netamente por necesidad, haciendo cosas que no les gusta, primero hay que pensar que ese empleo te ayuda a ti y a tu familia. A la empresa no le importo, pero me sirve a mí, así que haré la cosas lo mejor que pueda. Luego, crear un plan para salir de ahí”, aconseja Fabiola Esquivel.

Estudiar algo más, capacitarse, buscar activamente otro empleo y ponerse un plazo, quizá un año, "te hace sentir que no está pasando el tiempo sobre ti". Verlo de esa manera cambia muchas cosas a nivel cerebral, sostiene.

"La base es conocernos y para eso hay que hacer un alto. Saber qué queremos en lo laboral, cómo queremos llevar nuestra vida, porque terminamos tomando el trabajo como algo tedioso, sin sentido. Hagas lo que hagas siempre te puedes beneficiar y beneficar a los demás", sostiene.

“No me quedé en la posición de víctima, tomé una postura proactiva y seguí en terapia. Tomé responsabilidad de lo que me toca, como ayudar a normalizar el hablar de la salud mental”, comenta Amparo Hernández. Ella ha comenzado a nombrarse como una persona con un trastorno de ansiedad, primero con sus seres queridos, familia, amistades cercanas.

Es necesario que se hable de manera pública y social del tema, como lo ha hecho Simone Biles, dice. “He aprendido a cuidar mi salud física y mental, que están súper conectadas, procurarme horarios de comida, que sean los adecuados, en muchos lugares las personas no tienen esa posibilidad”.

La pandemia nos está enseñando a poner mucha atención en ese tema, afirma. "La ansiedad y la depresión no es algo que padezcan ciertas personas, son mucho más comunes de lo que parecen ser", solo que hemos aprendido a normalizar el estar mal y ver como raro el querer estar mejor.

Después de ese periódico nacional, Amparo Hernández ha laborado en medios latinoamericanos. No siempre han sido las mejores condiciones laborales, pero algo que aprendió es a priorizarse y no cumplir las expectativas que no sean las de ella.

“Mi familia me decía que no me saliera, que mucha gente quería estar donde yo estaba, y sí. Mis amigos me admiraban, pero el costo que tenía que pagar en mi cuerpo y mi mente por mantenerlo era demasiado alto. Así que renuncie”.

Los estereotipos que se crean alrededor de las personas, de las profesiones y los oficios, se convierten en otr motivo para aguantar, resistir y resistir. En el periodismo hay toda una idea patriarcal agresiva que hay que incorporar para tener la sagacidad requerida, "con el personal médico pasa igual. Ocurre en muchos ambientes laborales, en el sector automotriz los trabajadores tienen que cumplir objetivos inalcanzables y eso los estresa demasiado e impide, a su vez, que muchos los puedan alcanzar”.

Una de las quejas del sector empresarial es la baja productividad en el país, recuerda la comunicadora. “Cómo van a producir si están mal, si la gente está estresada, ansiosa, deprimida por culpa de una fallida cultura laboral. El salario emocional también cuenta, y lo deben poner en práctica ya las empresas”.