La primera ola de la pandemia en la región se llevó 31 millones de empleos. Pero cerca de terminar el 2021, con el descenso de contagios y de muertes por covid-19, y con la mayoría de las actividades económicas operando en buena parte de su capacidad, las personas excluidas antes de la crisis lo siguen estando hoy: mujeres, jóvenes, informales y de baja escolaridad.

De acuerdo con el informe De la crisis a la oportunidad: El covid-19 en el mercado laboral de América Latina y el Caribe, la emergencia sanitaria provocó una catástrofe para el mundo laboral “sin precedentes”. El documento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ofrece “detalles hasta ahora desconocidos sobre el impacto desigual para los grupos más vulnerables”.

“En el momento álgido de la pandemia en la región”, en junio de 2020, hubo una caída del “14% del empleo total”. En México, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), más de 12 millones de personas dejaron de percibir ingresos por su trabajo.

Luego de tocar fondo, “inició un proceso de recuperación que se ralentizó a principios de este año”. En nuestro país, la entrada del invierno y las fiestas decembrinas se cobraron la factura con más contagios y la vuelta al resguardo al iniciar el 2021.

Pero otro factor está frenando el restablecimiento de los niveles prepandémicos. “Los países con menor recuperación de sus mercados laborales (en promedio) son aquéllos donde el impacto diferencial entre hombres y mujeres ha sido mayor”. Es decir, en los donde había menos trabajadoras remuneradas ha sido más difícil que quienes quedaron desempleadas vuelvan a ser contratadas.

En México, la tasa de desempleo de las mujeres fue ocho veces superior a la de los hombres. Además, sectores como el de las trabajadoras del hogar, compuesto mayoritariamente por mujeres, tuvo una reducción del empleo de hasta 33 por ciento el año pasado.

Una crisis como ninguna otra

Latinoamérica y el Caribe es la región más desigual del mundo, sostiene el BID. Y “la crisis de covid-19 exacerbará la inequidad”, ampliando las brechas de género, castigando más a las personas jóvenes, informales y las menos educadas.

Para dimensionar el nivel de estragos, los organismos internacionales suelen comparar esta crisis con la que dejó la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, esta vez el detonante fue sanitario, explica el BID, y era la convivencia la que propagaba la enfermedad.

Los gobiernos decretaron el cierre de actividades no esenciales para evitar la cercanía física. Esto provocó que, entre febrero y junio de 2020, el empleo informal cayera 19% y el formal, 8 por ciento. Dos de cada tres trabajos perdidos eran informales. A diferencia de otras recesiones, esta vez el empleo informal funcionó ni como último recurso, dice el BID.

Pero la pandemia afectó de alguna manera a todas las personas trabajadoras. Una buena parte de quienes conservaron su empleo lo hicieron a costa de reducir las jornadas y los salarios. México tuvo una disminución de 6% en el tiempo laboral y de 7% en los salarios.

El reporte también refiere que “los trabajadores de baja educación han perdido empleos entre 3 y 4 veces más que los de alta educación, particularmente las mujeres”. Nuevamente las mujeres fueron las más afectadas: una cuarta parte de las trabajadoras informales con baja escolaridad quedó desempleada, en tanto que 3% de las que laboraban en el sector formal y tienen varios años de estudio no siguió trabajando.

En México, el 11% de las mujeres con hasta 8 años de estudio perdió su empleo. En Chile, casi el 40% de las trabajadoras con esa escolaridad ya no pudo seguir en su trabajo. Y el 6% de los hombres mexicanos que estudiaron apenas la primaria fueron despedidos, el porcentaje para los hombres chilenos fue de 25 por ciento.

Teletrabajo, opción muy reducida

Las personas con más estudios suelen tener empleos mejor pagados y más estables, y la capacidad económica de los trabajadores y las trabajadoras jugó un papel importante entre quedarse sin empleo o conservarlo: el teletrabajo.

El home office “se convirtió en una opción para la población que realiza actividades que pueden llevarse a cabo en línea. Esta es una de las razones que explica una de las diferencias más claras entre los trabajadores de altos y los de bajos ingresos: su capacidad para poder teletrabajar”.

Entre el 10 y el 35% de las personas podrían teletrabajar en la región, “con una relación clara entre este porcentaje y el grado de desarrollo de sus países”.

Al inicio de la pandemia, en México, el 50% de quienes tenían nivel de licenciatura podía laborar desde casa mediante las tecnologías de la comunicación; poco más del 15% de trabajadores con nivel medio superior y menos del 10% si sólo contaban con secundaria o primaria.

Por género, el 35% de los hombres mexicanos estaba en posibilidad de teletrabajar y alrededor del 16% de las mujeres en este país.

La edad fue otra circunstancia que el mercado laboral no deja pasar y menos en una crisis. El 6% de los hombres de hasta 24 años se quedó sin trabajo; en el caso de las mujeres la tasa fue de 11 por ciento. El 4.3% de los hombres de entre 56 y 70 ya no pudieron seguir laborando, mientras que el 11% de las mujeres de ese grupo de edad estuvieron en la misma situación.

El reporte del BID indica que las primeras políticas públicas, como ayudar a las empresas a mantener los puestos de trabajo proporcionando liquidez, o para reducir el impacto de la recesión en los trabajadores y sus familias con subsidios salariales, fueron una buena solución.

“Pero ahora, los países deberán continuar con los subsidios laborales y proporcionar programas de capacitación para los recién desempleados, revisando la cobertura, el tamaño y la focalización a medida que evoluciona la pandemia y las condiciones fiscales”, concluye.