A punto de acudir a la ceremonia más importante de su vida, el maestro Justo Sierra revisaba su discurso. Sobre todo en la parte en la que hacía frente a las posibles críticas contra su plan educativo: “La Universidad, me diréis, la Universidad no puede ser una educadora en el sentido integral de la palabra; la Universidad es una simple productora de ciencia, es una intelectualizadora; sólo sirve para formar cerebrales. Y sería, podría añadirse entonces, sería una desgracia que los grupos mexicanos ya iniciados en la cultura humana, escalonándose en gigantesca pirámide, con la ambición de poder contemplar mejor los astros y poder ser contemplados por un pueblo entero, como hicieron nuestros padres toltecas, rematase en la creación de un adoratorio en torno del cual se formase una casta de ciencia, cada vez más alejada de su función terrestre, cada vez más alejada del suelo que la sustenta, cada vez más indiferente a las pulsaciones de la realidad social turbia, heterogénea, consciente apenas, de donde toma su savia y en cuya cima más alta se encienda su mentalidad como una lámpara irradiando en la soledad del espacio...”

No sonaba nada mal. Mucho menos porque Sierra llevaba mucho tiempo anhelando se cumpliera aquel proyecto. Pensando, escribiendo, dando clases. Ejerciendo la perseverancia y cultivando la paciencia. Hasta que llegó el día.

El 22 de septiembre de 1910, siendo presidente Porfirio Díaz y en el marco de las celebraciones del Centenario de la Independencia, Justo Sierra Méndez se dirigió al anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria a la ceremonia de inauguración de la Universidad Nacional de México. Se trataba, de manera mejor dicha, de una suerte refundación. La institución educativa que nacería aquella mañana era orgullosa heredera de la primera que había existido en América: la Real y Pontificia Universidad de México, fundada en 1551 por mandato de Felipe II.  Aquella que durante el virreinato se constituyó en el centro superior de cultura de donde se habían graduado las figuras más destacadas de la Nueva España.  Se repasó la antigua historia de los colegios que la habían formado: en 1778 se creó la Real Escuela de Cirugía, en 1792 el Real Colegio de Minería y dos años más tarde fue establecida la Academia de San Carlos para el estudio de las Bellas Artes. En el México Independiente perdería el título de “Real” y se llamaría solamente Universidad Nacional pero al transcurrir el convulso siglo XIX con sus guerras civiles, la  invasión de estadounidenses y franceses y los continuos levantamientos militares y tomas  de poder, la máxima casa de estudios, se minimizaría y se  clausuraría varias veces hasta su definitivo cierre en tiempos de Maximiliano de Habsburgo. Por ello aquel día era histórico y feliz. El proyecto de rescate, la creación de la nueva Universidad que había imaginado Sierra desde 1881, y también se había retrasado innumerables veces estaba a punto de hacerse realidad.

En su carácter de secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Sierra miró cumplirse un sueño. Ante el auditorio explicó que el objetivo educador y científico de la Universidad Nacional que renacía aquel día era el de preparar al pueblo mexicano para el porvenir y consolidar la unión. En la parte más emocionante de la ceremonia dijo:

“Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión, que recurriendo a toda fuente de cultura, brote de donde brotare, con tal que la linfa sea pura y diáfana, se propusiera adquirir los medios de nacionalizar la ciencia, de mexicanizar el saber. La acción educadora de la Universidad resultará entonces de su acción científica; haciendo venir a ella grupos selectos de la intelectualidad mexicana y cultivando intensamente en ellos el amor puro de la verdad, el tesón de la labor cotidiana para encontrarla, la persuasión de que el interés de la ciencia y el interés de la patria deben sumarse en el alma de todo estudiante mexicano, creará tipos de caracteres destinados a coronar, a poner el sello a la obra magna de la educación popular que la escuela y la familia, la gran escuela del ejemplo, cimientan maravillosamente cuando obran de acuerdo.”

Tanto la ceremonia como las palabras de Sierra fueron descritas como el mejor y más fastuoso de los actos que celebraron el Catenario de la Independencia. Hubo críticas, como siempre, pero también la sensación de que se había plantado una semilla que indudablemente florecería. Sierra, que en cuanto a método educativo era un creyente de que había que enseñar a pensar y no a memorizar, continuamente decía: “Es la educación la que genera mejores condiciones de justicia, educar evita la necesidad de castigar”. Sin embargo su dicho más célebre opera todavía: “la grandeza de un pueblo se mide en su educación y hoy 110 años después, la Universidad Nacional Autónoma de México, es la mejor y más grande de América Latina, le pese a quien le pese.