Entre la ficción, la ciencia, la velocidad para escribir o fugarse del planeta, el tiempo ha pasado más rápido de lo que arde una llama o se convierte en obsoleta la tecnología. Hoy estamos aquí. A cinco días de conmemorar el centenario de Ray Bradbury.

Nacido en el estado de Illinois, el 22 de agosto de 1920, Bradbury radicó en la ciudad de Los Ángeles, California desde 1934. Aseguraba que había comenzado a escribir desde niño y publicado su primera historia en 1938, pero que fue en su cuento “The Lake” (El lago) donde descubrió su verdadero  estilo y decidió dedicarse solamente a escribir. Alcanzó la fama con la publicación de “Crónicas marcianas”, una antología de relatos aparecida en 1950. En sus páginas se relatan los intentos de los terrestres por colonizar el planeta Marte y de paso las angustias y ansiedades de la sociedad norteamericana de aquel tiempo: la de enfrentarse a una guerra nuclear que lo destruyera todo. Considerado un clásico de la ciencia ficción, este libro –que si no leyó usted en la secundaria, lector querido, debe callar y conseguirlo rápido— recoge no sólo las vicisitudes de conquistar un mundo extraño, sino también la indefectible caída de una civilización y los trances de construir otra. Abarca un periodo comprendido entre 1999 y 2026. ¿Futurista?, ¿adivinador?, se preguntará usted. Y él le hubiera contestado, como lo hizo un centenar de veces: “No trato de describir el futuro, trato de prevenirlo”.

“Crónicas marcianas” no sólo perfiló a Bradbury como un especialista en toda cuestión cosmogónica, sino también como un autor fundamental de la ciencia ficción del siglo XX.

Se le abrieron las puertas de prestigiosas revistas literarias y científicas y le fue ganando el aprecio de todo tipo de lectores. Muy pronto se hizo de una legión de fanáticos que apoyaban su estilo, preciso y misterioso al mismo tiempo y su crítico punto de vista sobre las sociedades y culturas encantadas por un futuro tecnocratizado. Fue cuando Bradbury comenzó a describirse a sí mismo como un narrador con propósitos morales que temía que el destino de la humanidad fuera recorrer espacios infinitos y padecer sufrimientos agobiantes para terminar vencido.

Su pluma no paraba. En 1951 publicó “El hombre ilustrado” con varios relatos de naturaleza fantástica, y dos años más tarde la considerada su obra maestra, “Fahrenheit 451”, ambientada en una sociedad futura donde la palabra escrita está prohibida. Fábula moralizante —según algunos (iletrados)— esta novela es un clásico equiparable a “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley y “1984”, de George Orwell, en la representación de un futuro aterrador con sus diversos infiernos; “Fahrenheit 451” alude en su título a la temperatura en que los libros comienzan a quemarse.

Aquí un fragmento:

“Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedo rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por el aire que el incendio ennegrecía".

Durante toda su vida Ray Bradbury siguió advirtiendo de los peligros y las amenazas de una sociedad ignorante, enteramente automatizada y olvidada de los valores de la cultura —“no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de de gente que no lee, que no aprende, que no sabe”, solía decir. También fue argumentista y guionista de películas y series de televisión además de escribir poemas y ensayos. En su honor —y no estoy hablando de “El Principito”— el Asteroide 9766 se llama “Bradbury”.

Sobre su oficio, en entrevista dijo: “¿Y qué se aprende escribiendo? Primero y principal: uno recuerda que está vivo y que eso es un privilegio, no un derecho. Una vez que nos han dado la vida, tenemos que ganárnosla. La vida nos favorece animándonos y pide recompensas. En segundo lugar escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho, lo es”.

Bradbury murió el 5 de junio de 2012. A petición suya, su lápida funeraria, en el Cementerio Westwood Memorial Park de Los Ángeles, California, dice en el epitafio: “Autor de Fahrenheit 451”.

Hoy inicia una semana en su memoria.