Nada de destino ni de casualidad. Ni el tránsito de Venus por la esfera solar ni los insólitos tornados sobre Tlatelolco. Ni siquiera el hecho de que, justo antier noche, se hayan aparecido en la mesa de luz las Crónicas Marcianas, parecía anticipar la muerte de Ray Bradbury. Y, entonces, ayer miércoles, el mundo se enteró de que el hombre que alguna vez había dicho que los viajes al espacio nos harían inmortales -y había llenado tardes enteras de lecturas obligatorias en la secundaria y de insólito placer en entrañables veladas donde la literatura se peleaba con la ciencia-, se había ido para siempre de este mundo. (¿Pudiera ser a Marte? Hubiéremos querido).

Pero no. Ray Douglas Bradbury, uno de los escritores más importantes de ciencia ficción en habla inglesa, nació en agosto de 1920 en Waukegan, Illinois.

Fue el tercer hijo de Leonard Spaulding Bradbury y Esther Marie Moberg Bradbury. A los 11, estaba escribiendo sus propias historias y cuando, en 1939, dejó su trabajo de vendedor de diarios, empezó a escribir a jornada completa, a publicar historias cortas en revistas. En 1943, ya un escritor profesional, publicó bajo el título de Dark Carnival, su primera colección de historias.

Su reconocimiento como autor se estableció con la publicación de Crónicas Marcianas, en 1950. En ellas, cuenta los primeros intentos de los terrestres para conquistar y colonizar Marte, la frustración constante de sus esfuerzos por culpa de los marcianos -mansos, mensos y telépatas- y el efecto de una masiva guerra nuclear en la Tierra. Inolvidable protagonista y cómo lo describe Bradbury:

Se llamaba Benjamin Driscoll, tenia treinta y un años y quería que Marte creciera verde y alto con arboles y follaje, produciendo aire, mucho aire, que aumentaría en cada temporada. Los arboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los arboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podría ser tantas cosas: color, sombra, fruta, paraíso de los niños, universo aéreo de escalas y columpios, arquitectura de alimento y placer. Todo eso era un árbol. Pero los arboles eran, ante todo, fuente de aire puro y un suave murmullo que adormece a los hombres acostados de noche en lechos de nieve .

Después vinieron otros libros: El hombre ilustrado, alucinante y emocionante, como un tatuaje que relata algo fantástico; Fahrenheit 451, el horror de un futuro en el que los libros están prohibidos, el Estado se encarga de quemarlos y nuestros héroes memorizan obras enteras. (Sin bibliotecas, ¿qué nos quedaría?, escribió una vez Bradbury. No tendríamos pasado ni futuro.). A Bradbury es imposible circunscribirlo simplemente a la ciencia ficción: hizo guiones de cine y TV, ensayos y poemas. Su preocupación como escritor no sólo se centró en lo fantástico, sino en cuestionarse el modo de vida contemporáneo y todas sus taras. En sus palabras, muchas veces se asomó el deseo de una vida más sencilla y alejada de la frialdad de lo moderno, el temor a lo ajeno o extranjero. Tampoco fue extraño para su pluma- todo fuera como eso- escribir sobre el miedo a la muerte.

En Una noche o una mañana cualquiera de El Hombre sin atributos, Bradbury escribió: No tienes ninguna evidencia mental. Eso busco, una evidencia mental que yo pueda sentir. La evidencia física, las pruebas que tienes que buscar fuera no me interesan. Quiero algo que se pueda llevar en la mente, y tocar, y oler, y sentir. Pero no es posible. Para creer en algo tienes que llevarlo contigo. Y la Tierra y los hombres no te caben en los bolsillos del traje. Yo quisiera hacer eso, llevarme todas las cosas conmigo. Así podría creer que existen. Odio los objetos físicos. Los dejas atrás y ya no puedes creer en ellos .