El cumpleaños 40 de Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco

Era un día como ayer 7 de junio, cuando llegó el periódico del sábado. Día de leer el suplemento cultural. Los que lo atesoraban cada fin de semana se asombraron de lo que decía en la portada: “Mínimo homenaje a José Emilio Pacheco”. Quisimos honrarlo y él honrar a “sábado” – que así se llamaba el suplemento- con su primer cuento en los últimos años: “Las batallas en el desierto”.

Corría el año de 1980.

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Hace cuarenta años la ciudad todavía no estaba destruida. Faltaban mil azotes y temblores, la caída final y el terremoto. Una historia confusa que pasaría, desmigajándose, de la desaparición de calles, banquetas, monumentos y colonias que cambiarían una y otra vez de nombre y de destino. José Emilio Pacheco era ya una figura en el mundo literario y cultural mexicano. Poeta por antonomasia, cronista y escritor frecuente en periódicos y revistas, llegaría a la década de los ochentas con muy buenos augurios y al inicio de su consolidación definitiva. “Las batallas en el desierto”, sería calificada como su obra narrativa maestra; vendrían los mejores años de sus crónicas periodísticas; ingresaría a El Colegio Nacional y llegaría el llamado por algunos críticos “su tercer ciclo poético” que se abre con “Los trabajos del mar” de 1982 e incluye los libros “Miro la tierra” de 1986 y Ciudad de la memoria  de1989. Serían tiempos magníficos.

La publicación de “Las batallas en el desierto” sorprendió a todos sus seguidores y le abonó fanáticos por docenas. Una obra de origen entrañable que fue objeto de discusión desde el principio: ¿Cuento largo o novela corta? ¿Una confesión autobiográfica? ¿Un diario íntimo llevado a la ficción? ¿Literatura para educar a jóvenes y padres? ...más otro montón de epítetos, suposiciones y teorías.  Sin embargo, el éxito – que se mide en lectores, lector querido- llegaría por las verdades contenidas en la historia, las que son espejo que nos refleja a todos. (Porque todos fuimos y somos todavía, como aquel niño Carlos que huye de la escuela para darse de bruces con su amor imposible).

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Vicente Quirarte, en su libro “Enseres para sobrevivir en la ciudad”, escribe un texto titulado “Caminatas con José Emilio Pacheco”, que dice así:

“Llegamos a la nevería pardeando la tarde, para encontrarnos con que la cantera del edifico estaba siendo profanada por sucesivas capas de pintura de aceite color gris Gayosso. Para consolarnos de la barbarie, pedimos la nieve de chabacano que seguía teniendo el sabor de la niñez y que fue para nuestro Virgilio, equivalente a la magdalena y la taza de té proustianos, pues a la salida nos propuso reconstruir la imposible geografía de “Las batallas en el desierto”. Cruzamos por la Plaza Ajusco en cuya fuente Carlos trataba —infructuosamente— de olvidar los encantos de Mariana; vimos la casa de donde salió el general Serrano rumbo al patíbulo; pasamos por el taller mecánico en el número 183 de la calle de Guanajuato donde ha desaparecido todo vestigio de la casa de José Emilio, antigua casa del general Valdés; llegamos hasta la casa de sus tíos en la calle de Zacatecas, donde se inspiró para el escenario de su novela; cruzamos por la lonchería donde entre una torta de milanesa y un Sidral, Carlos se entera de la muerte de Mariana. Reconstruimos, en fin, la imposible geografía infantil de José Emilio, el buen enamorado de nuestra gran ciudad en ruinas. Puede desaparecer la colonia Roma, como todos sentíamos los primeros días posteriores al terremoto. Pueden desaparecer sus edificios, sus voces y sus hábitos. Pero su geografía permanecerá en la Ciudad de la memoria, en la escritura de José Emilio que deja testimonio de lo que sucesivamente, sin tregua y sin remordimiento, destruimos.”

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La historia de Carlos y Mariana, la escenografía perfecta de una colonia Roma que ya no se parece - y hoy se dice alcaldía- podría ser de nostalgia o quizá una oda a todo lo perdido. Un consolador llamado para cantar la canción de Café Tacuba, conseguir la película, escuchar los ocho capítulos de la radionovela. O mejor un aliciente para comprar el libro, Leerlo de una vez o releerlo.  Y también recordar –pa’ que nos arda mucho- aquel verso que dijo José Emilio:

Aunque renazca el sol

Los días no vuelven

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No olvide celebrar, que el tiempo pasa. Ayer 7 de junio, se cumplieron 40 años de la publicación de “Las batallas en el desierto” y llegamos un día tarde.