¿Se acuerdan de las familias extensas de antes? Sin duda, algunos memoriosos dirán que sí, pero para muchos de los jóvenes menores de 30 años ese modelo de familia se ha vuelto historia.

Es como si sólo quedara el recuerdo de algunas imágenes tribales, en color sepia, donde juntos cabían -echándole un poco de agua a los frijoles- la mamá, el papá, el montón de hijos, una pareja de abuelos por cada rama original, la consiguiente parentela consanguínea y, de paso, un contingente impreciso de tíos y tías , todos ellos adosados a la familia a partir de un improbable aunque conveniente parentesco.

Los animales domésticos de entonces difícilmente perdían su digna condición de auténticas mascotas. Por ejemplo, los perros de aquellas familias extensas jamás eran como los actuales engendros miniaturizados que responden con ladridos histéricos ante los llamados melifluos de sus dueños, ni se los vestía de manera antropomórfica y, sobre todo, jamás se les prodigaba un trato susceptible de provocar confusión de identidad entre humanos y perros.

Hoy día, sin embargo, las tendencias familiares han sufrido una marcada transformación en amplios sectores de países desarrollados y en grupos sofisticados de sociedades menos desarrolladas. La familia nuclear de hace apenas 50 años, conformada por una mujer y un hombre con dos o tres hijos, está por desaparecer.

En la medida en que van en aumento los divorcios, la unión libre, la cohabitación, las parejas juntos, pero aparte , la mamá o el papá sin compañía y las parejas de un mismo sexo, las distintas versiones familiares se ven multiplicadas a la carta.

Incluso, hay quienes aseguran que la pasión y la militancia en favor de todo tipo de mascotas no es otra cosa que una manera inconsciente de compensar determinadas necesidades evolutivas de las personas adultas al prodigar cariño y cuidados a otros seres vivos no humanos.

Según una muy reciente publicación de la OCDE, los cambios de valores culturales y patrones de conducta derivados de las migraciones y la interconectividad global han sido decisivos para que cada vez sean más las madres que trabajan fuera del hogar percibiendo ingresos superiores a los de sus parejas masculinas.

Los jóvenes ahora prolongan su educación y capacitación casi de manera indefinida, mientras que los viejos viven más años, pero inmersos en una soledad galopante.

Las consecuencias de estos cambios ya impactan diferentes áreas sociales, como el tipo de vivienda, las pensiones de los trabajadores, la educación, el mercado de trabajo, las finanzas, la salud y las perspectivas de una vida decorosa a largo plazo.

No hay duda de que el mundo está preocupado -como nunca antes en la historia- ante el envejecimiento y la inminente inversión de la pirámide poblacional. Sin los jóvenes, tarde o temprano, los viejos no podrán seguir adelante.

A los científicos corresponde hallar afanosamente la manera de dilatar el deterioro físico y mental o, por lo menos, de transformarlo en un proceso menos complicado y oneroso para la humanidad, pero sobre todo cumpliendo metas esenciales de equidad y justicia.