Deborah Voigt nos deslumbró con su voz, su lujoso vestuario, su presencia, don de gente y esas joyas engarzadas con diamantes que llenaron de destellos la noche en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes. Este fin de semana asistimos a un magnífico recital en el que la soprano hasta se dio el lujo de tocar el piano a cuatro manos con el pianista Brian Zeger.

Voigt se adueñó de la noche, ofreció dos encores ante una sala puesta de pie aplaudiendo a rabiar, gritos de júbilo, bravos y voces que pronunciaban el nombre, Deborah. Ella no escatimó sonrisas y besos, salió varias veces a agradecer llevando por el escenario su vestido negro con bordados en oro, su blusa azul metálico y, por supuesto, los destellos en el cuello tachonado de diamantes.

Noche fría con montones de granizo alrededor del Palacio, fenómeno al que se puede atribuir (y no, por supuesto, a la pésima difusión) que la Sala Principal estuviera a 70% de su capacidad en la primera parte del espectáculo y que se acumulara un poco más de gente en la segunda.

Al entrar al escenario, Deborah Voigt fue recibida no sólo con aplausos, sino con una espontánea aclamación que pocas veces se ve en los espacios operísticos, a menos claro que quien cante se llame Plácido Domingo.

La segunda parte del espectáculo valió mucho más la pena. Notamos a una Voigt que se sintió más identificada con la gente, más a gusto con su canto. Porque los artistas saben perfectamente el momento en que hacen clic con el público y de eso tuvimos a raudales.

Pero cuando ya se había producido esa comunión, resulta que se acabó el recital. Una lástima. La gente quería más. Para nuestro gusto, la señora Voigt debió haber empezado por la segunda parte en la que cantó piezas de Richard Strauss, Ben Moore y Leonard Bernstein, autores que manejan un repertorio más popular, digamos.

La Voigt parece recuperar la voz espléndida que había sido afectada en el 2004, producto de la cirugía a la que se sometió para perder peso, según lo exigía su trabajo en el Covent Garden y su propia salud, como ella misma lo explicara abiertamente. Pero le pasó como a la Callas, a quien la pérdida de peso le ocasionó que bajara la calidad de su emisión.

La noche del sábado, la señora Voigt mantuvo afinación y correcta articulación, pero notamos algunas vibraciones sobre todo en la primera parte, cuando abordó el repertorio de Richard Wagner (de Tannháuser y La Valkiria) y de Ottorino Respighi (Contrasto, Nebbie y Notte). Sin embargo, también en esta parte fue capaz de mantener al público al filo de la butaca, inmerso en un silencio casi sacro al escuchar la bella interpretación y el dramatismo que puso en la pieza de Wagner, Dich, Teure Halle .

También tuvo problemas con la respiración pero en nada opacaron su recital. Aunque la diva se quejó en un momento dado, con gracia y elegancia eso sí, de la altitud de esta ciudad, por lo que en broma hizo una respiración exagerada que el público celebró con risas.