Michel de Montaigne vivió hace más de cuatro siglos, pero sus palabras siguen teniendo resonancia.

No porque fuera un poeta o un filósofo de lógica imbatible. No, Montaigne sobrevive sobre todo porque es un placer. Cuando uno lee a Montaigne tiene la sensación de que le está hablando directamente, aún más: se tiene la sensación de que es uno mismo el que habla.

Somos, no sé cómo, dobles dentro de nosotros mismos , escribió en una época en la que tales palabras podían ser tomadas como herejías. Montaigne fue el primer moderno y lo hizo de manera tan amable, tan divertida que nadie, en su época, enloqueció con sus ensayos.

Ensayos: fue él quien inventó el término. Sus textos eran eso, intentos, maneras de alcanzar algo. Si alguna vez ha leído uno, sabrá a qué me refiero: son como una caminata en el bosque, acá recogemos una manzana, allá nos sentamos en un tronco.

El título es una mera sugerencia, donde dice hablar de, digamos, la formación de los hijos, se pone a hacer una exploración de las costumbres de los príncipes que conoce. Ah, Montaigne, leerte es como charlar con un amigo con hiperactividad y déficit de atención.

Si está buscando un compañero para este principio de año que parece tan sombrío, la editorial Acantilado publicó los ensayos completos según su edición original de 1595. El único problema que tiene la edición es que es enorme, parece un diccionario. Uno quisiera llevar a Montaigne en el bolsillo.

Montaigne aconseja?para el año nuevo

Sara Bakewell escribió hace un par de años una biografía que le hace mérito al personaje. Como Montaigne, la biografía que de él escribió Bakewell es divertida, llena de datos curiosos y armada de un modo muy original.

How to live or a life of Montaigne in on question and twenty attemps at an answer (en español la tiene editorial Ariel) sigue la vida de Montaigne como la de un personaje de una novela. Bakewell está perfectamente documentada pero eso no la hace solemne.

Nos cuenta, por ejemplo, que los reyes de la época atendían a sus visitantes mientras estaban sentados haciendo sus necesidades o que el rey Enrique III fue uno de los primeros en usar tenedores en la mesa. Lo que quiero decir es que el libro no sólo es sobre Montaigne, sino también sobre su época, una época de gran confusión en la que el mundo se partió entre católicos y protestantes. Durante los años de Montaigne hubo guerra civil constante pero eso no lo hizo infeliz.

El libro está armado en capítulo con un solo título: cómo vivir. Y cada capítulo es un intento un ensayo de tener una respuesta.

Y en esas respuestas uno puede encontrar edificantes consejos sobre la vida, como sea bueno en su trabajo, pero no demasiado bueno: ser demasiado celoso del trabajo solo trae enfermedad e impide entregarse a otros intereses.

Otro: tenga un cuarto privado. Como siglos después aconsejaría Virginia Woolf, tener un cuarto propio es indispensable para pensar, crear, meditar. Un espacio para uno mismo, ¿no se le antoja?

concepcion.moreno@eleconomista.mx