Vicente Leñero hace recordar el primer libro del Antiguo Testamento, Génesis, que inicia:

1. En el principio Dios creó el cielo y la tierra.

2. La tierra no tenía forma y estaba vacía. Y las tinieblas cubrían la superficie. Y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas.

3. Dios dijo: hágase la luz y la luz se hizo.

4. Dios vio que la luz era útil y la dividió de las tinieblas.

5. A la luz la nombró día y, a las tinieblas, noche. Así, de ese momento a la mañana siguiente, nació el primer día .

Vicente Leñero hace recordar a Esther Seligson que, en el prólogo del libro Contra la Historia, de E.M. Cioran, publicado en español por Tusquets en la década de los 70, señala: Si el mundo fue creado merced a la combinación de las veintidós letras del alfabeto hebreo, el lenguaje fue, entonces, el lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Y, al mismo tiempo, la palabra fue el primer acto de violencia, de seducción .

Vicente Leñero hace recordar que tales conceptos, seducción, violencia, goce creador, hombre, Dios, día, noche y el verbo en el principio de todas las cosas, se destacan en su extensa obra, ya que era un escritor creyente de la palabra por encima de la realidad, de la palabra para entender la realidad y para formar la realidad.

Vicente Leñero hace recordar que el reportaje es el género mayor del periodismo; que la forma, al contar una historia, es fondo; que la verosimilitud lo da una escritura sencilla, un lenguaje pulcro sin barroquismos ni pirotecnias verbales y a lo que debe aspirar un periodista no es la verdad, sino a la credibilidad.

Vicente Leñero me hace recordar lo que escribí hace algunos años, en estas mismas páginas, de su libro Sentimiento de culpa, una obra tan hedonista que, de tal cualidad, se deriva su título: es tanto el placer que producen las 16 historias que allí se cuentan por lo bien escritas, por la estructura de las tramas, por la cercanía con los personajes, por las pasiones que esconden que el lector acaba por sentirse culpable; de qué, de nunca haber tenido la oportunidad de decirle a Leñero que es un periodista para periodistas, un escritor para escritores, una voz mayor de la literatura.

Vicente Leñero hace recordar una literatura limpia, natural y de una exactitud pasmosa. Lo que en otros autores sería churrigueresco, en Leñero es clásico y contemporáneo: crónicas con tratamientos de cuentos; cuentos con tratamiento de crónicas; realidad e imaginación en diversos planos conjugados en uno mismo que va de la credibilidad narrativa a la provocación de asombro.

Vicente Leñero hace recordar, en específico, uno de sus cuentos: Dónde puse mis lentes , en el que le da una vuelta magistral al mito más que faústico, mefistofélico del diablo, quien al comprarle el alma a un sujeto, la construcción que el autor hace de Mefistófeles, y un final tan contundente, que dicho relato se vuelve absolutamente memorable.

Vicente Leñero me hace recordar una mañana de 1980 cuando Eugenia, su hija, me invitó a conocer a su padre en Cuernavaca. Y la memoria me pinta a un hombre amable, de una pieza en sus dichos, coherente, vivaz, fumador y con quien, años después, mantuve alguna correspondencia escrita en la que me recomendaba a tal o cual autor o, generosamente, me regalaba equis o ye cuento para formar una antología de escritores consagrados con noveles, sin más interés que el goce de sabernos cómplices (él como maestro, por supuesto) de la palabra escrita y sus significados.

Vicente Leñero me recuerda que el jueves fui a Bellas Artes a su homenaje y a darle un abrazo a Eugenia, a reiterarle mi amistad y mi admiración por un escritor de veras, pero que era tanta la gente que quería hacer guardias de honor ante sus cenizas, tantas las cámaras que rodeaban a la familia, que me flaqueó el valor para acercarme, Eugenia, aunque creo que sabes que siempre estaré ahí para lo que haga falta y para aquello que le aprendí a tu padre: honrar a la palabra dada.