Perseverante en su influjo macondiano, Colombia tiene en El Dorado una inagotable leyenda. La riqueza depositada en ese lugar sigue extraviada, pero el oro que pudo rescatarse yace en un espléndido museo en la bella Bogotá y, dicen, en unas bóvedas en el Banco de la República, a las que contados pueden acceder.

El secreto a voces indica que objetos y figurillas conforman quizá no sólo la reserva de oro más grande del mundo, que es garantía para el endeudamiento. También que, puesta en mercado, resolvería de sobra los apuros económicos de los colombianos. Ese oro vale y significa, no son pocos los que estiman con afán desmitificador, que desprenderse de algunos de esos bienes sería conveniente.

En México quizá podríamos presumir de cuentos de este peso, algunos de ellos con su respectivo escenario de valor comercial, de utilidad para salvar el atraso y la pobreza que nos envuelve. Pero carecemos de un estudio, del soporte que concentre y dé sentido al inventario de activos, de bienes de capital, de acervos, de mercancías, de materias primas y demás, propias de esta especie sectorial con su avalúo, cotización y precio abiertos a la sociedad. Sumados, conforman una buena cantidad de la riqueza cultural que se mide en miles de millones. En este catálogo imaginado, que es una expresión de la economía cultural, caben por igual lo que pertenece a la nación, a los particulares.

¿Cuánto dinero tiene el país como dueño de recursos culturales? Las respuestas son parciales. Ponen en evidencia la enorme tarea por realizar, pues en esta cuantificación radica el mejorar las condiciones de la oferta cultural en el mercado, con las numerosas transversalidades insoslayables, dinámica de la cual dependen y se atendrán millones de personas en los próximos años. El análisis se entrecruza con distintas variables. Intentemos abordarlas a través de preguntas con tentativas de contestación bajo la consigna de que persiguen dibujar su papel en el aparato productivo.

Los primeros cuestionamientos?atañen a los bienes de la nación. ¿Cuánto valen las zonas arqueológicas? Las abiertas al público se supone que tienen pólizas de seguro con diferentes coberturas, lo cual implica fijar montos para obtener las primas. Los terrenos, sean o no del Estado, son parte de una dinámica de bienes raíces. Alrededor de la mayoría de esos sitios hay prácticas de comercio, muchas inmersas en la informalidad pero que repercuten en el costo por metro cuadrado del local o la banqueta aledaños al patrimonio. ¿De qué serviría conocer a fondo este clúster? Afirmativo: para que todos los involucrados tengan condiciones para preservar un legado y hacer mejor el negocio.

¿El INBA sabe el número de piezas que atesora y a cuánto ascendería ese capital si fueran sujetas a subasta? Determinarlo le permitiría deshacerse de algunas obras para comprar otras; generar exposiciones, ya sea por criterio curatorial o por pedido de un museo extranjero: ponerle precio a una muestra en lugar de regalarla.

En tal perspectiva, nada más provocador que hacer públicos el valor de las colecciones particulares que tienen recintos para tasarlas con impuestos por tenencia en lugar de seguir con las exenciones improductivas que alimentan la evasión, ¿los galeristas venden lo que exhiben o realizan transacciones en bodegas y residencias? Una adecuada regulación rompería con el temor a la fiscalización y el Conaculta no tendría por qué regalarles dinero.

Las modalidades financieras del capital cultural en la trama del desarrollo son abundantes ¿Qué aporta una franquicia como Kidzania? ¿Cuánto los contenidos televisivos y la infraestructura de Internet? ¿Qué Carlos Fuentes, Luis Miguel y Kate del Castillo? ¿Y las exportaciones de la Ciudad Creativa Digital de Guadalajara? Todo es susceptible de cuantificarse. La puesta integral en valor más allá del PIB no compromete el significado y bien podría impulsar una economía cultural que detone gradualmente las reformas estructurales del sector cultural.

LO QUE VALE, LO QUE SIGNIFICA. La Reunión Nacional de Cultura, a celebrarse en Mérida, alcanza un costo cercano al millón de pesos. Los números serán suyos en esta cita ya que el tema central son las empresas culturales. Celebramos que acudan Alejandro González Hernández, colaborador de El Economista, compañero por un tiempo en el Grecu, y Elena Catalán, integrante en activo del empeño universitario.