“Mi imaginación funciona mucho mejor cuando no tengo que hablar con la gente”, decía. No necesitaba agregar que prefería a los independientes gatos sobre los serviles perros, ni que era una lesbiana que despreciaba la debilidad de las mujeres. Escribía. No necesitaba decir nada.

Nacida en Fort Worth, Texas, el 19 enero de hace cien años, Patricia Highsmith es una de las escritoras más inteligentes y poderosas de todo el siglo pasado. Culpable de haber transformado por completo lo que suele nombrarse “literatura policiaca”, “negra”, o “de suspenso” es más bien la creadora de libros adictivos e insólitos.  De una narrativa tan impecable como inquietante. Con una infancia terrible y desolada –su madre solía contarle que bebía aguarrás embarazada de ella a ver si la perdía— conoció a su padre hasta los 12 años. Se mudó a Nueva York ella sola y muy joven y, se dedicó a redactar guiones de comics para pagar la renta. Todo ello hasta su debut literario con la novela Extraños en un tren, el libro inspiró a Alfred Hitchcock para llevarlo a la pantalla grande y está considerado, como una obra clásica del suspense.

Dedicada a escribir cuentos y desarrollar argumentos, en 1953 decidió lanzar el libro El precio de la sal bajo el seudónimo Claire Morgan, una obra que trataba de un amor homosexual. Sorprendente para la moral de la época y pionera del género, el escrito llegó al millón de copias y fue reeditado muchas veces bajo el título de Carol. (Además, tenía un final feliz, cosa la misma Highsmith no se explicaba y le daba mucha risa). Después, llegaría su éxito más visible y comercial de la mano de su personaje de Tom Ripley, un ex convicto y asesino bisexual, protagonista de la novela El talento de Mr. Ripley. Tan grande, que en 1960 se rodó la primera película basada en ella con el título A pleno sol, dirigida por René Clément y protagonizada por Alain Delon. A partir de aquel momento se sucederían secuelas fílmicas y literarias: La máscara de Ripley, El juego de Ripley, El muchacho que siguió a Ripley y El asesino Ripley, que inspiró a Wim Wenders para dirigir El amigo americano.

Siempre callada y sola, Patricia Highsmith, siguió creando increíbles piezas literarias. En ellas, más allá de descubrir al asesino o amar a detectives y policías, todo sorprende y engancha al lector. Parece que no pasa nada. Y así se las arregla para ir sembrando el desasosiego. Le pongo un ejemplo, lector querido: uno de sus grandes relatos, “Lo que trajo el gato”, arranca relatando cómo una familia está tranquilamente divirtiéndose con un juego de mesa cuando aparece el felino de la familia con dos dedos humanos en la boca.

Desde sus Pequeños cuentos misóginos, pasando por Crímenes imaginarios, Cadáveres exquisitos, Sopa de tortuga y Mar de fondo, Patricia Highsmith resulta una exploradora, no sólo de las causas y efectos del crimen, sino del sentimiento de culpabilidad inexpresado y de los efectos psicológicos del mero deseo criminal sobre los personajes de sus obras. La idea de elegir la apariencia como vestido habitual y la posibilidad de que se pueda construir toda una vida sobre una mentira y vivirla tranquilamente, es una de sus glorias como escritora. Quizá la parte más atractiva de su literatura.

No es raro que, al respecto, escribiera: "Si un escritor de suspense escribe sobre asesinos y víctimas, sobre gente sumida en el torbellino de esta terrible serie de hechos, debe conseguir algo más que la simple descripción de la brutalidad y la sangre derramada. Debería estar interesado en la justicia de este mundo, o en la ausencia de la misma, en lo bueno y en lo malo, en la cobardía y el coraje humanos, aunque no entendiéndolos simplemente como fuerzas que mueven una trama en una determinada dirección. En una palabra, su gente ficticia debe parecer real".

A pesar de la popularidad de sus novelas, Patricia Highsmith nunca fue una figura mediática de romances públicos o celebraciones. Pasó la mayor parte de su vida sola y se trasladó permanentemente a Europa en 1963. Residió primero en el Reino Unido, después en Francia, otorgando pocas entrevistas, disfrutando de sus gatos y el alcohol  y sin parar de escribir. Sus últimos años los pasó en una casa aislada en Locarno, Suiza, donde falleció en 1995. Su novela póstuma Small g: A Summer Idyll (Small g: un idilio de verano, Anagrama, 1995) habla de un bar en Zúrich, en la que sus personajes homosexuales, bisexuales y heterosexuales se enamoran siempre de la gente incorrecta.

Tuvieron que estar cerca los cien años de su nacimiento, que se cumplen mañana, para que el mundo volviera a recordarla y se hiciera pública la promesa de publicar sus Diarios. Extraída de ellos, una frase que Patricia Highsmith anotó el 1 de enero 1947 con una entrada que dice “Brindis de año nuevo” y dice así:

“Brindo por todos los demonios, por las lujurias, pasiones, avaricias, envidias, amores, odios, extraños deseos, enemigos reales e irreales, por el ejército de recuerdos contra el que lucho: que no me den descanso”.

Nunca se lo dieron.