Hay una línea muy delgada entre lo virtuoso y lo ridículo, pero cuando se echa a andar el sistema de ocurrencias se cae más bien en lo segundo.

Como lo sucedido con la ópera La Traviata que se presentó en Bellas Artes el jueves 15 de marzo; algo que se recordará por lo disparatado y vulgar de la puesta en escena de David Attie y del director concertador Denis Vlasenko.

Qué terrible que hayan matado tan arteramente a La Traviata y le propinaran una puñalada al gran Verdi. Una lástima dado el buen nivel de los cantantes que se presentaron esa noche: el tenor Arturo Chacón-Cruz y la soprano Leticia de Altamirano, quienes llevaron los papeles protagónicos de esta obra, Alfredo Germont y Violetta Valery.

LOS CANTANTES DAN LA CARA

Pero la cuestión es que la gente fue a ver a Arturo Chacón-Cruz, no a las ocurrencias del dúo Vlasenko-Attie. Y la recompensa la tuvo a raudales al deleitarse con las voces de Arturo y de Leticia.

Pudimos disfrutar con Arturo Chacón de un artista con sólida línea de canto, fraseo delicado, fuerza en sus notas altas, timbre agradable en piezas como Libiamo , Un diè felice , De’ miei bollenti spìriti .

Leticia de Altamirano hizo gala también de su atractivo timbre y de una buena técnica en Ah, fors’è lui . Y con Luis Ledesma (Giorgio Germont) disfrutamos Di Provenza il mar, il suol .

A Chacón se le nota la escuela internacional, el colmillo que ya adquirió en las casas de ópera de Europa y EU. Se ve que los movimientos escénicos de esta obra y el canto los ha estudiado con directores brillantes. Aunque lo más importante es que Arturo tiene hambre de triunfo y de hacer bien las cosas.

ENTRE TUBOS Y DISPARATES

Pero la actuación de los cantantes fue muy aparte del attieazo que nos propinaron; si no, vea usted: marquesinas con tubos de luz en rojo, en azul y en rosa, en tonos agresivos enmarcaron el escenario de Bellas Artes, que parecía más un antro de los años 90. Sólo faltó que colocaran un tubo en mitad de la pista para que Violetta Valery ejecutara unos bailes eróticos.

De entrada, en la primera escena, colgaron un piano en lo alto sobre la cabeza de Valery, sabrá Dios para qué. Porque no tiene ningún significado simbólico ni ayuda a avanzar la acción dramática, ni sitúa la historia, ni mete en situación al espectador. Nada… ¿Entonces qué? Tal vez porque estorbaba en la bodega.

Luego, esos andamios que colocaron en el escenario… Quisieron copiar la escenografía del Fausto que se presentó en el Met de Nueva York, pero no les salió.

Porque si alguien ha visitado el penal de Santa Martha podrá corroborar que las crujías están exactamente construidas como las vimos en esta Traviata: dormitorios con corredores exteriores cuyos barandales están hechos con tubos, y las puertas de las celdas con tubos y más tubos. También están, claro, las escaleras metálicas para llegar a los dormitorios.

En la escena de los jugadores, Alfredo y los demás contertulios tuvieron que jugar en el vacío, sin cartas, mesa ni dinero. Perdón, pero el minimalismo no es así.

Después vino el juego de las sillas: en la primera entrevista que tiene Valery con el padre de Alfredo (Luis Ledesma), debe mover sillas. Imaginen el cuadro: ella toma una silla, la adelanta un metro, luego otra y la vuelve a adelantar y así unas veinte veces mientras canta… O sea que no hay dirección escénica.

Sin embargo, la cumbre de todos estos disparates fue la muerte de Valery: varios hombres y mujeres están viendo hacia abajo desde sus crujías , como si fuese el aula de una escuela de medicina. Atestiguan la agonía de la mujer, quien en esta puesta no muere en un lecho, sino en una silla. Como tan libre es la representación tuvimos temor de que -contraviniendo a Verdi y a Franceso Maria Piave- en esta Traviata Valery no muriera y hasta se casara con el padre.

Gustamos de lo moderno, pero no que nos tomen el pelo. Si usted se arriesga, y por los cantantes vale la pena hacerlo, hay cuatro funciones más.