Brillante, precisa, con la afinación correcta, plena de sensibilidad, así sonó la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington, NSO (por sus siglas en inglés), la noche del 13 de junio en el Palacio de Bellas Artes; una ejecución magistral que le valió ovaciones y gritos cargados de reconocimiento a su virtuosismo.

Se notaba en los músicos el esfuerzo por dar todo de si, no sólo de cumplir con la partitura, sino de ofrecer ese plus que hace transitar al artista de un ejecutor de instrumentos a un virtuoso; el deseo también de hacer quedar bien a su ensamble y a su país.

Esta orquesta (fundada en 1931) participa regularmente en actividades de importancia en su país y en el extranjero, tales como presentaciones oficiales de Estado, inauguraciones presidenciales y festejos, y es un ensamble que combina perfectamente sus actividades artísticas con un programa educacional muy completo.

Esta vez, bajo la batuta de su director, el talentoso Christoph Eschenbach la NSO interpretó de Héctor Berlioz (1803-1869) la Obertura El carnaval romano, Op. 9; de Edouard Lalo (1823-1892) el Concierto para violonchelo y orquesta en re menor; y, de Piotr Ilyich Tchaikovski, la Sinfonía núm. 5 en mi menor, Op. 64.

En el concierto intervino en el chelo como solista el joven peruano-uruguayo aunque en realidad formado en Alemania, país donde creció , Claudio Bohórquez.

Y aunque el programa de mano de este concierto en Bellas Artes lo presenta como un virtuoso, quien ha tocado con las mejores orquestas del mundo y con los más brillantes directores del planeta la verdad es que esta vez no lo vimos resplandecer; más bien fuimos testigos de una interpretación pasteurizada y descremada, muy convencional.

Lo bueno vendría al final: el público que llenó la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes prácticamente enloqueció con la interpretación de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington a la Sinfonía núm. 5 en mi menor de Tchaikovski. Qué manera de trabajar los instrumentos, de acometer con esas frases llenas de vigor, concebidas por Tchaikovski para ejemplificar el triunfo del ser humano producto de la lucha, de la entrega, del coraje...

Particularmente en el último movimiento de esta sinfonía la interpretación de la NSO tenía al público casi sin respirar, al filo de la butaca, el sudor en las manos, la mirada brillante, gozando como pocas veces de ese fraseo poderoso, enérgico, muy enérgico, pero tremendamente hermoso. Dos segundos después de que se desvaneciera la última nota, todos nos levantamos a aplaudir… y quisimos construir un monumento a los músicos y a su director con las palmas de las manos y los vivas y los bravos.

El público estuvo compuesto en una parte por la colonia estadunidense. Y los mexicanos dieron la mala nota: lo de menos fue que aplaudieran a destiempo; porque no sólo entró tarde la gente al concierto, sino que llegaba parloteando; se cambiaban de lugares a otros que no les correspondían; tosían sin pudor; estornudaban; quitaban la envoltura a los dulces como si estuviesen en la sala de su casa; en plena audición caminaban por los pasillos de la Sala Principal.