Nacido en plena primavera, oriundo del mes de mayo, Rulfo habría celebrado su cumpleaños número 95 el día de ayer.

Mentira. No sabemos si las celebraciones le gustaban. Si hemos de creer en su fama de huraño y distante, suponemos que no. Que igual y sólo le apasionaba reunir fantasmas de un pasado terrenal para asegurar los modos del porvenir.

O podemos no creer en las habladurías y suponer que una fiesta para Juan Rulfo estaría llena de los colores y sabores de Jalisco. Pero sabemos muy poco. Lo que hemos leído de él, cosa que tampoco quiere decir gran cosa.

Que nació el 16 de mayo de 1917 en la casa familiar de Apulco, Jalisco, aunque quedó registrado en Sayula, donde se conserva su acta de nacimiento.

Que después vivió en la pequeña población de San Gabriel donde entró en contacto con la biblioteca del cura del pueblo, básicamente literaria.

Que recordaría siempre esas lecturas, esenciales en su formación, y que no fueron las tempranas muertes de su padre (que no era un tal Pedro Páramo) y luego de su madre las que motivaron su vocación como escritor, sino una larga estadía en un internado en Guadalajara.

De Rulfo también sabemos que pensaba que toda gran obra literaria propone la salvación mínima de la palabra, una motivación para imaginar. Que tenemos un pasado que debemos recordar y un futuro que podemos desear.

Después de Pedro Páramo y El llano en llamas, otra fama lo alcanzó. Dijeron que estaba terminado como escritor –porque la ambición, aunque sea de leer más obras de un escritor que admiramos, es casi tan mala como la envidia- y los reporteros solían preguntarle si no había vuelto a publicar alguna cosa. A publicar, no -contestaba-. A escribir, sí . Luego, si estaba de humor, decía que tenía un cuento llamado El gallo de oro y que lo llevaría al cine, porque su gran amigo García Márquez había hecho una adaptación, Carlos Fuentes había alistado el guión y ya se vería lo que pasaba. (De hecho, la cinta se estrenó en 1964 bajo la dirección de Roberto Gavaldón y las actuaciones estelares de Lucha Villa e Ignacio López Tarso).

Corrieron rumores de que la editorial Siglo XXI le publicaría otra novela, La Cordillera. Todos esperaron en vano. Porque la presión y las ilusiones ajenas sobre su persona dejaban impávido a Juan Rulfo.

Conforme se publica un cuento o un libro -dijo alguna vez Rulfo en entrevista-, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que algo se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia... .

Rulfo murió en el invierno de 1968. Su obra literaria no cesa de editarse en español y en un número creciente de idiomas, que hoy se acerca al medio centenar. Todo lo demás no importa.

Tenemos sus palabras y la enseñanza de otra de sus frases: ¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido. Pero todo fuera como eso. Ayer, de todos modos, fue su cumpleaños.