Como cualquier fanático de un libro, fui a ver la adaptación cinematográfica de El juego de Ender con bastante desconfianza y resultó que casi toda ella era infundada. Aunque parece que soy uno de los pocos que piensa así, pues la película, que costó unos 110 millones de dólares, estuvo muy lejos de ser un blockbuster en su primer fin de semana en Estados Unidos, donde recaudó apenas 27 millones de dólares en su primer fin de semana, a principios de noviembre del 2013.

Además del clásico nunca alcanzarán lo que yo imaginé con el libro (que, debo decirlo, rebasaron y por mucho), mi desconfianza previa estaba aumentada porque los avances de la película dan una idea distorsionada de la historia original del escritor Orson Scott Card, al enfocarse en escenas (con estupendos efectos visuales) de batalla y en Harrison Ford como el coronel Graff, cuando el libro es fascinante por contar la historia de un niño brillante en un ambiente muy oscuro.

UN NIÑO BRILLANTE

Ender Wiggin es un niño que se entrena para, quizá, llegar ser un comandante de la flota humana en su guerra en contra de los insectores, seres alienígenas que tuvieron, tiempo antes de que inicie la trama de la película, una devastadora incursión en la Tierra.

Ese quizá no está en el futuro lejano de Ender, pues los altos mandos militares de la Tierra están convencidos de que la capacidad de aprender y de reaccionar de los niños es mucho mayor que la de los adultos, así que no entrenan niños para que cuando crezcan sean comandantes, sino para que sean infantes comandantes .

Ender es el menor de los hijos del matrimonio Wiggin, una familia peculiar que, tal parece, tiene hijos brillantes, a los que deja enredarse en tremendas peleas, mismas que le sirven de entrenamiento a Ender y le forman un carácter peculiar que le permite, primero, sobrevivir en la escuela militar, luego ir a la de oficiales y después convertirse en la posible esperanza de la humanidad ante los insectores. De su hermano Peter aprendió a ser brutal, de su hermana Valentine, a ser empático.

Ender, entonces, no es sólo un genio para la estrategia, capaz de mantener la frialdad en las situaciones más complicadas, también es capaz de entender a su enemigo y ahí comienza su conflicto, pues al entender al enemigo también lo aprecia… Bueno, cuando el enemigo son otros muchachos de la escuela.

MAGNÍFICA PRODUCCIÓN

Debo confesar que leí la novela hace muchos años. En ella, Card, que la escribió hace casi 30 años, destaca como un autor de ciencia ficción de los verdaderamente buenos, que son hasta proféticos y anticipa los simuladores de realidad virtual y los videojuegos avanzados, entre otras cosas, así que de entrada, el director Gavin Hood (X-Men. Orígenes) y su equipo de producción consiguen rebasar, y por mucho, las imágenes que me hice hace alrededor de 15 años.

En especial, la escuela espacial y su zona de entrenamiento en gravedad cero no sólo tienen un gran despliegue visual sino que están muy bien hechas y recuperan el espíritu de los niños que participan en lo que parece un juego, pero que es en realidad algo muy serio.

CON LECTURA Y SIN LECTURA

Para quienes leyeron la novela, El juego de Ender tendrá un gusto agridulce. Por un lado, no podrán evitar sentir que Asa Butterfield (Hugo, El niño del pijama a rayas) hace un magnífico Ender, pero sabrán que es mucho mayor que el de la novela, pues Asa tenía 15 años en la filmación, nueve más que cuando el personaje original inicia su estancia en la escuela militar.

Así, la cinta, que por otra parte es fiel a las mejores escenas de la novela, no puede dar la imagen de indefensión y precocidad de Ender que consiguió Card con un niño que en lugar de entrar a la primaria, como le correspondería, llega a un lugar inhóspito, donde no sólo tiene que luchar y derrotar a niños más grandes que se creen muy brutos, sino que además debe convertirse en su líder y buena parte de eso ocurre en ambientes no controlados por profesores ni reglas de juego limpio (aunque hay que decir que la película incluye en el casting a unos muchachotes que nos hacen pensar que el joven Wiggin realmente estaría indefenso de no ser por su gran habilidad táctica).

El otro elemento del libro que no consigue llegar a la pantalla es, como suele suceder, el tiempo. Mientras en la novela pasan años y hay oportunidad de muchas subtramas y de destacar otros personajes (como Bean, que luego tuvo su propia novela La sombra de Ender), en la cinta parecen pasar unas semanas.

Esos detalles no impedirán que el lector de la novela disfrute mucho la película, aunque le parezca un tanto somera y, desde luego, quien no la haya leído debe saber que, si quiere hacerlo, en el libro hay mucho más por descubrir y para entretenerse.

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