Ryan Gosling es indudablemente uno de los actores más interesantes de la actual generación. Nadie lo habría predicho de este egresado del Club de Mickey Mouse.

Su carrera comenzó a tomar vuelo cuando, desconocido -y olvidada su fama infantil-, en el 2007 protagonizó la cinta independiente Half Nelson, en la que interpretó a un profesor de secundaria adicto al crack. Por ese papel se llevó una nominación al Oscar como Mejor actor protagónico.

Sólo por ver a Ryan Gosling hay que ir al cine esta semana. ¿Por qué? Porque en cartelera hay dos cintas donde Gosling da muestra de su genialidad, de su enorme rango actoral, de su imbatible encanto. Es el nuevo galán de moda y también el nuevo actor de carácter. Es, pues, el nuevo Brad Pitt, capaz de ser un gran actor y una estrella sin par, de ésas que quitan el aliento.

The Ides of March -o Poder y traición como la titularon en México (hubiera sido mejor conservar la cita shakespereana del título original)- es la clásica cinta política estadounidense. Nuestros vecinos del norte tienen la muy admirable tradición de ser capaces de ver errores y mecanismos perversos de su sistema político; una tradición muy democrática, cabe decir.

De esa fuente abreva esta cinta, dirigida por George Clooney con Gosling, y el propio Clooney acompañados de otros dos actorazos: Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti. Todos están al mismo nivel, todos son fantásticos.

Gosling interpreta a un joven asesor de un precandidato presidencial (Clooney) del partido demócrata. A lo largo de la cinta, Gosling pasa de ser un idealista de ojos brillantes a un hábil y cínico jugador político capaz de vender a su abuelita con tal de obtener lo que quiere.

En los tiempos electorales que corren en nuestro país (y también en Estados Unidos), una cinta como The Ides of March es importante. Nos recuerda algo que parece obviedad: ningún político merece la confianza sin límites del electorado.

La cinta es aún más admirable si nos ponemos a pensar que George Clooney es un demócrata convencido que se atreve a hacer un ensayo de la deslealtad dentro del propio partido demócrata. Me pregunto si, por decir algo, un cineasta simpatizante de Andrés Manuel López Obrador se atrevería a hacer ese mismo ejercicio de autocrítica en México.

Me desvío. Esta columna es sobre el fascinante Ryan Gosling. Su otra película es aún mejor que The Ides of March. Se trata de Drive, el escape, de Nicolas Winding Refn, película que en el pasado Festival de Cannes se llevó el premio a Mejor dirección.

En Drive, Gosling interpreta a un personaje sin nombre que divide su tiempo entre el doblaje de escenas automovilísticas de acción y su vida como chofer de ladrones de bancos. Sin casi decir nada, en una actuación que es un lujo minimalista, Gosling es todo un misterio explosivo. Uno nunca sabe qué está pasando por la mente de Driver. Es una cinta violentísima y, al mismo tiempo, de una profundidad existencial que rara vez alcanzan las películas de crimen.

Vean a Ryan Gosling. Desde este momento ya será imposible huir de él. Pero tampoco querrá usted hacerlo, créame.

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