Desgraciadamente, en la ópera Un ballo in maschera (Un baile de máscaras), de Giuseppe Verdi, la versión del Met de Nueva York acentúa la trivialización de un hecho histórico trágico, como fue el asesinato del rey Gustavo III de Suecia, ocurrido en 1792 -precisamente en un baile de máscaras en un salón de la Ópera de Estocolmo-, que ahora por obra y gracia del director David Alden se convierte casi en una caricatura de chicos malos trasplantada a la década de los años 30, presumiblemente en Estados Unidos.

No obstante los tropiezos de producción, en general dominaron en el escenario neoyorquino excelentes voces con buen manejo de su línea de canto, en especial el barítono ruso Dmitri Hvorostovsky y el tenor argentino Marcelo Álvarez; siendo este último en quien recayó el peso de la mayoría de las arias durante las casi cuatro horas que dura esta ópera.

Una trama compleja

En su momento, Giuseppe Verdi se complicó la vida al tomar como base de una nueva ópera el crimen del Rey de Suecia, asesinato cometido por el más cercano colaborador del soberano, cosa que ocurrió por motivos políticos y no por celos . Verdi la tituló Gustavo III porque el hecho era muy conocido.

En la época de Giuseppe Verdi, Italia estaba dominada por los austriacos y eran muy estrictos los controles sobre los espectáculos y publicaciones. Los censores revisaron con lupa el manuscrito de Un baile de máscaras, obligaron a cambiar la anécdota, los nombres y el lugar.

Desafortunadamente, cuando todo estaba listo, ocurrió un atentado contra Napoleón III, emperador de Francia, y de nuevo hubo que cambiar el manuscrito. Verdi hizo un gran coraje. Finalmente, se decidió transportar la anécdota a América, a Boston, hacia fines del siglo XVII, se cambiaron nombres, y el fondo político se diluyó.

Ahora, a más de 200 años de distancia y ya sin la censura, era posible hacer una versión de lo ocurrido al rey Gustavo III, mucho más ceñida a una conspiración política, que no afectaría a nadie y permitiría devolver la fuerza original de la anécdota de un crimen político -como pensaba Verdi- y no el episodio doméstico de un conflicto de alcoba.

Dmitri Hvorostovsky (Anckarström o Renato, el colaborador más cercano al rey) se plantó en el escenario con su carisma, su potente voz y esa vena dramática, sobre todo en la conmovedora aria Eri Tu que el público recompensó con sonoros aplausos.

El argentino Marcelo Álvarez (en el papel del rey Gustavo III o Riccardo), haciendo gala de color, buen fraseo y cálida voz, supo acometer las notas altas. Aunque si comparamos esta actuación con otra de Un ballo in maschera, del 2008, que le hemos escuchado en grabación del Teatro Real de Madrid, queda a deber en brillantez.

Notamos una obsesión del director David Alden: la reiterada aparición en escena de Ícaro, lo mismo en la imagen La caída de Ícaro de Merry Joseph Blondel, que en la escena en la que Oscar (Kathleen Kim, el paje del rey) se viste de manera ridícula (parece un pollo) como este personaje mitológico.

La verdad es que el Rey de Suecia nada tiene que ver con Ícaro, pues este personaje intentaba llegar al Sol y cayó a tierra porque la cera que unía sus plumas se derritió por el calor; mientras que Gustavo III sólo intentaba gobernar un Estado y –al menos en esta ópera- también divertirse enamorando a la mujer de su mejor amigo.

Si lo simbólico no funciona con Ícaro, tampoco con la exposición cegadora de espejos del baile de máscaras hacia el final de la ópera. ¿Qué quiere significar? ¿Que el asesino de un soberano se puede mirar a la cara en todos los espejos del mundo?

Finalmente, hay que decir, haciendo justicia, que la dirección orquestal de Fabio Luisi fue como siempre genial y que los trajes y vestidos de época fueron un deleite para la vista, obra de la diseñadora de vestuario Brigitte Reiffenstuel.