Imposible hablar de Tijuana: crimen y olvido de Luis Humberto Crosthwaite (Tusquets, 296 pp, $179), sin detenernos un momento y mencionar, con igual sorpresa que rechazo, el incidente sucedido el 29 de abril durante la presentación del libro en Tlaxcala bajo invitación del Instituto Tlaxcalteca de Cultura. ¿Cuándo se ha visto, en esta versión 2011 de país, que la presentación de un libro en un espacio cultural, sea cancelada mientras transcurre y el autor básicamente echado del lugar?

La novela inicia con la promesa de un narrador que se identifica con las iniciales LHC (haga su deducción), quien asegura estar dispuesto a investigar hasta donde sea posible la desaparición de dos periodistas. Concretamente Magda Gilbert, a quien conoció y quien laboraba en un diario local de Tijuana y Juan Antonio Mendívil, su pareja, y columnista de un diario en San Diego.

La contraportada del libro nos indica que sólo un escritor se atreverá a investigar sus últimos días: enfrentado como principal obstáculo al gobierno de un país sin el poder ni la voluntad suficientes para hallar los culpables .

Primera trampa, y de ella no es culpable la novela ni Crosthwaite, y es que en ella: (1) el gobierno no sólo no es el principal obstáculo sino ni siquiera participa, (2) resulta precipitado hablar de culpables cuando ni siquiera es posible determinar qué les pasó a los periodistas: durante toda la novela LHC los imagina felices en algún hotel de playa, mientras el mundo los da por muertos.

Siendo justos, uno de los mayores aciertos de Tijuana: crimen y olvido, es la reconstrucción de un ambiente enrarecido y violento que se vive en esa ciudad, como en toda la zona fronteriza particularmente si se pretende ejercer la profesión del periodismo.

Segunda trampa: durante el primer tercio de la novela, la narrativa se sostiene en una suerte de reconstrucción documental de los sucesos. Eje principal: un diario de Magda Gilbert, que LHC supuestamente encuentra y reproduce. Ahí nos enteramos de sus pininos al cubrir notas rojas, el humor mórbido de sus colegas, y las escalofriantes guardias nocturnas con sus mensajes en la frecuencia policíaca de la que se valen los reporteros para llegar primero.

También conocemos la relación fallida de Magda con un tal Fabián, quien le hereda una pistola; y su romance con Juan, un hombre con un pasado doloroso que está perdiendo la memoria.

Desafortunadamente cuando se acaba ese diario, también se terminan los documentos y con ellos, el rumbo de la trama. LHC imagina a continuación episodios narrados por la confusa voz de Juan y su aderezo amnésico que nunca termina de cuajar: ¿complejo mecanismo de negación o artilugio narrativo para ser deliberadamente vago en los sucesos?

Juan investiga un viejo crimen, presionado por un ex policía de San Diego. El pretexto para desenvolver un cold case policial, es en realidad la tercera trampa de Crosthwaite: introducir al siniestro Edén Flores, quien aparece para tratar de levantar la tensión narrativa que se escapó de la novela junto a los recuerdos de Juan.

Los personajes, compuestos por retratos hablados a un MP poco eficaz, se desdibujan conforme la trama se vuelve confusa: Edén le dice Raúl a Juan, y Juan se empieza a creer Raúl, aunque Raúl vivió años atrás y Edén lo manipula porque…bla bla bla.

En el último tercio de la novela, LHC se vuelve el protagonista de su incapacidad para averiguar qué pasó. Crosthwaite se abandona entusiasmado al juego del doble, demasiadas lecturas de Paul Auster. Su alter ego investigador, en aprietos tratando de atar los cabos sueltos insalvables que le dejó su otro yo: el autor.

Hay que dejar claro que Crosthwaite es un narrador competente y con oficio, su prosa no desmerece, pero la novela que inicia como una mirada precisa y filosa al periodismo en las zonas más peligrosas del país decide irse por juegos de espejos, narrativas paralelas, truculencias efectistas y vagas simplificaciones, todas aderezadas con la recurrente marea de olvido que ahoga a Juan. Poco nos queda más que acompañarlo hasta el final, incapaces de olvidar la decepción.

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